martes, 18 de octubre de 2022

NOVENA A SAN RAFAEL ARCÁNGEL

 

Novena compuesta por el Padre Fray José Rius OFM en 1818 para las monjas clarisas de Tarragona, e impresa en Barcelona por Francisco Ifern y Oriol ese mismo año, con aprobación eclesiástica.


COMENZAMOS: 15 de octubre.

FINALIZAMOS: 23 de octubre.

FESTIVIDAD: 24 de octubre.

 

ITRODUCCIÓN DEL AUTOR

 

La devoción al Glorioso San Rafael es un medio poderosísimo para alcanzar de Dios Nuestro Señor bienes espirituales y temporales. Aconsejo a todos los fieles cristianos que tengan por abogado este Santo Arcángel, para obtener la salud del alma y el cuerpo, junto con innumerables bienes y frutos, y la bendición de la Majestad de Dios, por la intercesión de este poderoso Arcángel, quien tanta señales ha dado a los mortales de ser el que los favorece ante el Señor; y por tenerle olvidado, experimentamos notables faltas en muchas cosas, en particular en la salud, y también viéndose, muchas casas ricas, sin sucesión de hijos. Tengan devoción a este soberano Arcángel y lo obtendrán todo, al ser “Medicina de Dios”.

 

Los gloriosos Padres de la Iglesia San Agustín y San Jerónimo, afirman que, cuando se ve una milagrosa curación, fue enviado San Rafael por el Señor, para remedio de aquella dolencia. No hablo de las curaciones que hizo con la remoción de las aguas, en la piscina de Betesda (Juan 5, 1-18), ni las que realizo con Tobías padre e hijo, ni con Sara, esposa de Tobías hijo, quienes vivieron hasta su quinta generación (Tobías 3, 16 y siguientes), porque de esto nos ocuparemos en la Novena. Tampoco diré lo que hizo con el glorioso Patriarca San Juan de Dios, como nos lo refiere en su vida, ni lo que hizo con San Pedro mártir, ni los muchos prodigios que ha hecho, ni los que hará. Solo diré uno, para gloria de España, por desgracia desagradecida por el olvido en el que tiene a este soberano medico de cámara del palacio del Señor:

A la ciudad de Cordoba vino una peste que la llenó de muertes, castigo de la mano de Dios, de suerte que la mayoría moría sin confesión, porque murieron muchos confesores y los pocos que quedaron no podían asistir a todos los enfermos.

Andaba entre ellos Fray Simón de Sousa, comendador del Convento de Nuestra Señora de la Merced, quien era devoto de este Soberano Arcángel, demostrándolo no solo confesando, sino también dando limosna a los pobres en honor del glorioso Arcángel. 

Mas, traspasado de dolor al ver aquella desdicha, vino de noche al convento y entro en el coro, e implorando a la Reina de los Ángeles, le pedia enviase a la ciudad al “Médico perfecto Rafael”, y a él, que lo favoreciera como su devoto en aquel castigo del Señor. A estos clamores de Fray Simón no se hizo sordo este poderoso Arcángel, apareciéndosele y diciéndole estas palabras:

 

“Yo soy Rafael, que vengo a premiar tu ruego y tu limosna, que a los ojos del Señor vale tanto como la humildad y la caridad, que por ti ha levantado el azote de su justicia sobre este pueblo. Dile al obispo que ponga mi imagen en el pináculo de la Torre de la Catedral y exhorte a los fieles a mi devoción, y serán aliviados siempre que a la Reina de los Ángeles pidan la medicina del Señor, y a los que portaren mi imagen los librare de todo mal, en particular del demonio Asmodeo (Tobías 8,1), príncipe de la lujuria, pecado por el cual muchas almas pierden la gracia de Dios.”

 

Todo cuanto le dijo San Rafael a Fray Simón, este se lo declaro al Obispo, quien hizo, cuanto San Rafael pidió, quedando la ciudad libre del azote de Dios. En señal de profunda gratitud, el obispo instituyo su fiesta el 7 de mayo. (Actualmente se celebra en la Iglesia Universal el 24 de octubre). Esto hace con sus devotos este poderoso Arcángel. Lo mismo hará con nosotros si hacemos lo que debemos y damos limosna en honra suya, por la cual obtenemos salud, bienes e hijos, y nos alcanza el cielo. Por el contrario, el amontonar tesoros no dando a los pobres, solo nos acarrea tropiezos, caídas y, lo que es más lamentable, la perdida de Dios, dejándonos acá los bienes, que fueron males para nuestra ruina. Tengamos un amigo para todo; no esperemos hasta el día de la tribulación. Pero, ¿Qué día no es de tribulación, en este misero mar lleno de tantas olas? Seamos de los barcos que llegan al puerto de salvación y no de los desdichados que naufragan en el mar profundo del abismo. Con esta devoción nosotros tenemos un amigo tan fiel y bueno (ya que a él solo le interesa nuestro bien), para gozar de la bienaventuranza eterna obtenida por la Preciosísima Sangre del Cordero Inmaculado.

 

Yo suplico, Soberano Arcángel, mires el bien mío y el de mi prójimo con aquella caridad con la que miraste a Tobías y a los demás Santos de que queda hecha mención.

 

PROBABLE VISITA DEL ARCÁNGEL RAFAEL

 

“En esta ciudad de Buenos Aires y en el año de 1804, había en el Convento de los R. P. Dominicos, uno llamado el Padre Mansilla, sencillo y fervoroso, el cual era devoto del glorioso Arcángel San Rafael. Asistía este religioso a una pobre Señora que estaba enferma de un malísimo parto, la que con este motivo había hecho una promesa a San Rafael. Ella vivía por los arrabales y se dice era sobrina de Fray Silverio Rodríguez, dominico ejemplar. Llegó el 24 de octubre, día de su fiesta, y aunque los demás Religiosos salieron a tomar campo, el P. Mansilla fué a visitar a su enferma. Esperaba paseándose afuera, mientras los médicos la veían, cuando se le acercó un joven, a quien no pudo menos de mirarlo con alguna extrañeza, con una especie de morrión, botines, guantes, y que le pregunta si podría ver a la enferma. Entra luego que salen los facultativos, fijándose todos en él, que abre las dos puertas de la vivienda tocándolas con las manos levantadas, un poco en alto y extendidas; pulsa a la enferma, ve las recetas, señala cuáles de ellas han de traer y dárselas, y asegura que se pondrá buena. Entretanto, el P. Mansilla y los demás que admirados presencian lo que dice y ordena el desconocido joven, sienten una dulzura interior cada cual, de ellos, que no aciertan a entender, y callan todos.

Al salir se quitó uno de los guantes, con lo que se llenó con un olor suavísimo todo aquel lugar. Entonces salen de su estupor, corren a su alcance y ya no lo hallan, no siendo posible que se ocultase por estar aquello en descampado; y entonces también acaban de conocer que el Santo Arcángel habría visitado a sus devotos usando de su acostumbrada piedad, pues la señora sanó, y los demás fueron alegrados y con-, solados. Esto lo referimos como lo hemos oído, sin anticipar juicios sobre la autoridad de la Iglesia”

 

ADVERTENCIA


Sale a la luz este Novenario a impulsos de la devoción ardiente que profesan a este Santo Arcángel Rafael las religiosas del ejemplarísimo Monasterio de Clarisas de la muy ilustre ciudad de Tarragona.

 

No es en vano esta dulce pasión con que miran a tan sublime Espíritu. Nadie debe extrañar la extraordinaria afición que aquellas Religiosas han cobrado a tan singular bienhechor, por las extraordinarias gracias favores de él recibidos, y que, no contentas con el formulario que usaban antes para sus novenas, me hayan solicitado para la ordenación del presente. No poco obligado yo también a este Arcángel de la salud y de la providencia, he aceptado con gusto ente encargo, con la idea de que todo el mundo conozca la sublimidad, beneficencia y mérito de aquel excelso Príncipe, y se proporcione con esto toda suerte de gracias y mercedes.

  

Así será, sin duda, si se hace este novenario con espíritu humilde, devoto y confiado, especialmente si en uno de sus días se procura recibir los santos Sacramentos y ejercitarse en actos de virtud, mayormente de caridad y oración, de las que Rafael es especialísimo amigo y protector.

NOVENA DEL GLORIOSO PRÍNCIPE Y ARCÁNGEL SAN RAFAEL, MÉDICO Y MEDICINA DE LOS DOLIENTES, GUÍA Y DEFENSOR DE LOS CAMINANTES, ABOGADO Y PROTECTOR DE LOS PRETENDIENTES, CONSUELO Y ALIVIO DE LOS AFLIGIDOS.

  

Por la señal de la santa Cruz; de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.

    

ACTO DE CONTRICIÓN - PARA TODOS LOS DÍAS


Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, mi poderoso Criador, mi dulce Padre y mi piadosísimo Redentor: aquí tenéis postrado a vuestros pies a este hijo pródigo, que tantas veces ha malogrado el patrimonio de vuestra gracia con enormes pecados. La confusión cubre mi rostro, Dios mío, y apenas me atrevo a levantar mis ojos para miraros, aterrado con el asombroso número de mis pecados. Mas, ¿a quién iré, bien mío, sino al que me dio el ser y derramó por mí toda su Sangre? «Sí: me levantaré y me iré al Padre», os digo como aquel pródigo. A Vos, pues, vengo, cierto que me esperáis con los brazos abiertos para abrazarme y regar con dulces lágrimas mi cuello. Si para esto queréis también mi llanto, de sangre viva quisiera yo formarlo, y daros con esto un testimonio de mi verdadero arrepentimiento. Dad Vos, Señor, firmeza a mis buenos propósitos, para que, dejando ya de ser demonio por los vicios, sea por las virtudes un Ángel puro, semejante a vuestro querido Arcángel San Rafael.

A Vos, pues, me dirijo, Príncipe gloriosísimo y Ángel de la salud Rafael, para que a la vista de vuestras virtudes y excelencias salga con vuestra protección del abismo de mis vicios y miserias, y merezca con esto el favor que solicito en esta novena, y que espero de aquella vuestra gran clemencia y fondo de caridad, que forma vuestro carácter. Amén.

DÍA PRIMERO - 15 DE OCTUBRE


CONSIDERACIÓN: SAN RAFAEL, GRAN PRIVADO DEL REY SUPREMO


   Para formar el debido concepto de la privanza y especial predilección, con que honra a San Rafael el Rey Supremo, basta considerar la alta cumbre de honor a que le ha elevado. Mas ¡oh, qué altura de honor tan asombrosa!

   El menor de los Ángeles ocupa ya un trono incomparablemente más excelso y brillante, que el mayor de los monarcas de la tierra: ¿cuál, pues, será la elevación de un Espíritu que se eleva sobre millares de millones de Ángeles, por ser uno de los siete supremos Magistrados, que honran y decoran el celestial imperio?

   Él mismo reveló por su propia boca a los dos Tobías esta tan sublime preeminencia, cuando les dijo: «Yo soy el Ángel Rafael, uno de los siete que estamos delante del Señor, esto es, uno de los siete más allegados a su Augusto Solio, prontos a desempeñar las comisiones con que nos honra como a sus más íntimos privados».

   Y de aquí es que, del incalculable número de Ángeles que (como dice Santo Tomas con el Areopagita) es mucho más crecido que el número de todos los otros seres justos, sólo de San Rafael y de otros dos espíritus angélicos ha querido Dios dar cierta e individual noticia a los mortales; que, por esto, sólo de estos tres celebra en particular su fiesta la Iglesia. ¡Oh excelencia de San Rafael, verdaderamente admirable!

 

—Medítese un poco y pídase el favor que se desee alcanzar.


COLOQUIO


   ¡Qué grande os hizo, sublime San Rafael la poderosa diestra del Altísimo! ¡Ay! Yo quiero levantar la vista al refulgente solio de vuestra gloria; y los vivos rayos de brillante luz que os rodean, deslumbran y obligan a cerrar mis endebles ojos. 

   Vos sois uno de aquellos siete supremos senadores que forman al Rey inmortal e invisible su más secreto gabinete, y que, a la manera de inextinguibles antorchas, arden y brillan sobre los siete candeleros de oro, que vio San Juan en el Apocalipsis delante del Cordero de Dios.

   A vos dirige con dulce Majestad sus cariñosos ojos el Rey de la gloria, haciéndoos con los reverberos de su luz eterna e increada un fidelísimo espejo de su hermosura.

    A vos confía aquellos profundos arcanos que no es lícito hablar al hombre, y como a su apreciado valido os concede todas las gracias con que, como Ángel de la caridad, queréis socorrer a los afligidos mortales.

 Ya que tan grande sois, y tanto priváis con el Rey de Reyes, sacadme de mi pequeñez y miseria y alcanzadme de su Divina Majestad, que se eleve mi espíritu a las cosas celestiales y eternas, en cuya comparación todas las grandezas y pompas de este mundo no son más que vanidad y aflicción del espíritu.

   

—Y para más obligaros, unido mi espíritu con las tres Jerarquías de los Ángeles, saludo a la Sacrosanta e individua Trinidad con tres Padre Nuestro, tres Ave María y un Gloria Patri.

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


   Excelentísimo Príncipe del Empíreo San Rafael, Ministro del gran Rey, celador de su honra, protector de la castidad, patrono de la limosna y oración, conductor de los caminantes, libertador en los peligros, auxilio cierto en las necesidades, iluminador de los ciegos, y médico universal de todas las enfermedades, a vos clamo, y a la sombra de vuestro patrocinio acudo, para que os dignéis sostenerme en todos mis peligros, consolarme en todas mis tristezas, dirigirme en todos mis apuros y remediarme en todas mis necesidades.

   Vos reunís todas las prerrogativas de los nueve coros angélicos; tenéis la pureza y el candor de los demás Ángeles; sois Embajador de las cosas grandes, como los Arcángeles; sobre Vos descansa Dios como en los Tronos; con las Dominaciones señoreáis los ánimos; con los Principados veláis sobre Reyes y reinos; enfrenáis los demonios con las Potestades; obráis estupendos milagros como las Virtudes; en Vos, finalmente, se ven brillar las luces de los Querubines y arder las amorosas llamas de los espíritus Seráficos.

    Ya, pues, que residen en Vos tanta grandeza, poder y gloria, usad de vuestra generosa beneficencia con esta inútil criatura, que, aunque frágil, al fin os ama con dulce pasión, para que sea feliz en tiempo y eternidad. Amén.

 

—Pedir la gracia que se desea recibir.


 

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN


   Oh soberana Reina de los cielos y Señora de todos los nueve coros, María Santísima, digna Madre de mi Señor Jesucristo, templo vivo de la Divinidad, depósito de los tesoros de su gracia, principio de nuestro remedio, restauradora de la universal ruina del linaje humano, nuevo gozo de los santos, gloria de las obras del Altísimo y único instrumento de su omnipotencia: confiésote por Madre dulcísima de misericordia, refugio de los miserables, amparo de los pobres, consuelo de los afligidos, y todo lo que en ti, por ti y de ti confiesan los espíritus angélicos y los santos, todo lo confieso, y lo que en ti y por ti alaban a la Divinidad y la glorifican todo lo alabo y glorifico, y por todo te bendigo, magnifico, confieso y creo. Y pues el poder divino convida a todos los pobres desvalidos, ignorantes, pecadores, grandes, pequeños, enfermos, flacos y a todos los hijos de Adán, de cualesquier estados, condiciones y sexos, prelados y príncipes e inferiores, para que vengan por su remedio a su infinita y liberal providencia, por la intercesión de la que dio carne humana al Verbo, porque sola Ella es poderosa para solicitar nuestro remedio y alcanzarle: por tanto, sagrada Reina de todas las jerarquías, os pido y suplico en nombre de todas ellas nos alcancéis de vuestro querido Hijo la exaltación de su santo Nombre en todas las partes del mundo, la salud espiritual de todas las almas, la extirpación de las herejías, la ruina del soberbio príncipe de las tinieblas; la universal extensión de la santa Iglesia y la paz y concordia entre los príncipes cristianos, para que todos eternamente alabemos al santo Nombre de Jesucristo, a quien sea gloria por infinitos siglos de los siglos. Amén.

    

GOZOS EN HONOR A SAN RAFAEL ARCÁNGEL

 

De Dios íntimo Privado

Y su Ministro escogido:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

   

Tú eres en Naturaleza

Un puro espíritu, y tal,

Que en la Corte Celestial

Descuella tu grande Alteza;

Al sol vences en belleza,

Del eterno Sol bañado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

En aquella antigua lid,

En que el valiente Miguel

Ajó al soberbio Luzbel,

Fuisteis invencible adalid.

Tropas del abismo, huid,

Pues ambos os han hollado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

De los siete más vecinos

Al trono augusto de Dios

Por uno os cuentan a vos

Los oráculos divinos.

Nuestros discursos mezquinos

Vencen tan noble dictado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

   

Principado en dignidad,

En las luces Querubín,

En las llamas Serafín,

Y trono en la majestad;

Reúnes la autoridad

Del Angélico Senado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

   

Aunque tan grande en el Cielo

Del hombre no os desdeñáis,

De allá a la tierra bajáis

Para su guía y consuelo.

De Dios tomando el modelo

A nadie os negáis, llamado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Por vos Tobías el mozo

Libre de un susto mortal

Halló bienes sin igual,

Halló mujer, halló gozo.

Por vos llena de alborozo

A Raguel su suegro amado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Sara, antes entristecida

Con siete maridos muertos

(Por ti echado a los desiertos

Asmodeo), vuelve a vida,

Y a un santo marido unida

Prole feliz le has logrado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Tú de Gabelo el dinero

Para Tobías cobraste;

Tú siempre caudal hallaste

Al que te ama con esmero.

Siempre en ti un fiel tesorero

Halla el bien intencionado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Tú a Tobías el mayor,

Ya de muchos años ciego,

Con hiél de un pez diste luego

De la vista el resplandor.

Loa el anciano al Señor

Y ve al hijo suspirado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Tú ofreces en copa de oro

Al gran Rey de la alta Sión

La limosna, la oración

Y del pecho humilde el lloro.

La piedad es tu decoro

Y hacer bien al angustiado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Ángel de salud te llama

La Iglesia, la cual opina

Que el Ángel de la Piscina

Eres tú: y quien a ti clama

De tu caridad la llama

Presto siente remediado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

Ya tu nombre mismo expresa

Que eres de Dios medicina;

De socorro rica mina

Todo el mundo te confiesa.

¡Feliz el que te profesa

Un amor fiel y alentado!

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

  

No es Córdoba solamente

La que, por ti apadrinada,

Se vio pronto libertada

De un contagio pestilente:

A cualquiera edad y gente

La salud has alcanzado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

   

Pues siempre das grato oído

Al que te llama confiado:

¡Rafael, de Dios querido,

Dad la salud, invocado!

 

Antífona: Príncipe gloriosísimo San Rafael Arcángel, acuérdate de nosotros, y aquí y en todo lugar ruega siempre por nosotros ante el Hijo de Dios.


℣. Estaba junto al altar del templo el Ángel.

℟. Teniendo en su mano un incensario de oro.

 

ORACIÓN


   Oh Dios que has dado a Tobías tu siervo al bienaventurado Arcángel San Rafael como compañero para el viaje, concédenos la gracia, a quienes también somos tus siervos, que también podamos ser protegidos por su vigilancia y fortificados por su ayuda. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

  

En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.

 

sábado, 15 de octubre de 2022

NOVENA EN HONOR Y OBSEQUIO DE LA CASTÍSIMA VIRGEN, SERÁFICA DOCTORA Y EXTÁTICA MADRE SANTA TERESA DE JESÚS.


Escrito por EL P. Fr. DIEGO JOSÉ DE CADIZ Misionero Apostólico, del Orden de Menores Capuchinos de N. S. P. S. Francisco, de la Provincia de la Inmaculada Concepción de nuestra Señora, en los Reinos de Andalucía. Impresa en Sevilla año de 1796; en Murcia año de 1815, y en Cuenca año de 1828, a expensas de un devoto.

 

 

Don Jacinto Rodríguez Rico, dignísimo Obispo de Cuenca concede 40 días de Indulgencia a todos los fieles que hiciesen esta Novena, rogando a Dios por las necesidades de la Iglesia y del Estado.

 


FESTIVIDAD: 15 DE OCTUBRE. 



ALAVADA SEA la Santísima Trinidad.

DÍA PRIMERO.

EJERCICIO.

   En este día será el ejercicio confesar y comulgar devotamente para mejor disponerse a conseguir la protección de La Santa Madre, con respecto al fruto espiritual de esta Novena, y al remedio de la necesidad porque particularmente se hace.

   —Llegada la hora señalada para empezarla se persignará, y se preparará con un fervoroso acto de contrición, y después leerá si cómodamente pudiere la siguiente

CONSIDERACION.

   Considera, alma, la sublime perfección de la Madre Santa Teresa de Jesús en la observancia de la Divina Ley y la obligación en que estamos de imitar su ejemplo en esta parte para poder salvarnos.

PUNTO PRIMERO

   Considera pues, y trae a la memoria el singular esmero con que procuró la Santa arreglar su vida por el tenor de la Ley Santísima de Dios, mediante el más exacto cumplimiento de sus Divinos preceptos. Entendió muy bien desde luego, no sin superior ilustración, que en todos y en cada uno de ellos se prohíbe lo que es pecado, y se manda la virtud opuesta; y hecho cargo de que igualmente lo uno que lo otro es necesario y preciso para santificarse el alma con su debida observancia, puso su mayor esmero en caminar por la senda rectísima de estos Mandamientos, sin declinar o separarse de ella en tiempo alguno. Jamás los quebrantó con culpa grave, ni por el pecado de su transgresión incurrió en la indignación del Señor, ni le fué por él en tiempo alguno desagradable; antes bien por su exactitud en guardarla mereció las más copiosas bendiciones del Soberano Legislador, y que en todo la prosperase, hasta hacerla una de sus más predilectas y señaladas Esposas en el número de sus Santos y escogidos. Nunca manchó su alma con el pecado mortal, y siempre conservó limpio el candor de aquella blanca tónica, que como a los demás cristianos le pusieron en el bautismo, encargándole que cuidase de presentarla pura y sin mancha en el rectísimo Tribunal de Dios cuando en el compareciese, como en efecto así fué. A esta particular y recomendable excelencia agregó la de cumplir con la mayor puntualidad cuanto el Señor en estos sus Mandamientos nos impone, y tiene determinado que se haga.

   Fué intensísimo su amor a Dios, continuo su cuidado de honrar, alabar y engrandecer su Santo Nombre, y ferviente su conato de servirle, adorarle y darle culto en todo lugar y tiempo, en espíritu y verdad, dirigiendo a su mayor honra y gloria sus obras, palabras y pensamientos, para de todos modos agradarle, y cumplir su santísima voluntad. Fué amantísima de sus próximos, y lo acreditó con sus hechos, ordenados siempre a beneficio de todos, así propios como extraños, tanto amigos como enemigos, ya justos, ya pecadores, fuesen mayores o Inferiores, súbditos o iguales; porque en todos miraba a Dios, por quien, en quien, y para quien los amaba. Y fué por último exactísima en el cumplimiento de las obligaciones de su estado y de su profesión; porque no ignoraba ser esta una parte esencialísima de la Divina Ley, con que debía santificarse, para que, caminando de esta suerte de virtud en virtud, subiese a la cumbre de la más alta perfección, hasta llegar en esta vida a la unión con Dios, y a ver y gozar después de ella al que es Dios de los Dioses en la hermosa Sion de la eterna Bienaventuranza.

PUNTO SEGUNDO

   Pasa de aquí, oh alma, a considerar cuanta es esta obligación en ti, y cuan imposible te es el salvarte sin cumplirla. La Ley Santísima de Dios es la primera y más esencial regla por donde todos sin diferencia alguna de estado, de condición, o de sexo debemos arreglar nuestras vidas, y ordenar nuestras, acciones, palabras y pensamientos. Es la ciencia de los Santos, y de todo fiel cristiano, según la cual debemos ser instruidos y enseñados para proceder con acierto y sin error en lo que hubiéremos de hacer. Y es el camino preciso, y el medio más necesario para conseguir el último fin de la eterna salvación para que somos criados. Su autor no es otro que Dios Todo Poderoso, de quien habemos recibido el ser, la conservación, y todo cuanto tenemos y podemos, o esperamos tener en esta vida y en la eterna. Aquel en quien somos, vivimos y nos movemos, y que puede si quiere en un solo instante aniquilarnos y reducirnos a la nada de que nos sacó cuando se dignó criarnos a su imagen y semejanza. El mismo a quien obedecen todas las criaturas del Cielo y de la Tierra, guardando aquel orden, sucesión, y movimiento que les impuso como ley, cuando les dio el ser que tienen. Este al tiempo de formarnos y de darnos un alma racional, nos impuso leyes y preceptos que hubiésemos de guardar inviolablemente, proponiéndonos premios y castigos fuego y agua, vida y muerte, para que extendamos la mano a lo que quisiéremos de esto. Si guardaremos sus Mandamientos ellos nos conservarán en la vida de la gracia, y por el agua Viva del Espíritu de Dios seremos de tal suerte purificados, que enriquecidos de méritos logremos los grandes premios de la eterna felicidad a que aspiramos. Mas, por el contrario, si los quebrantamos y no nos arrepentimos, seremos reos de muerte perdurable, y merecedores del atroz castigo del fuego inextinguible que jamás ha de acabarse.

   De aquí se infiere que si habemos de salvarnos nos es del todo preciso el guardar los Mandamientos. Sin esto ningún pecador puede hacer condigna penitencia, ningún justo puede permanecer en gracia, y a ninguno se le darán los bienes de la gloria. Dios ha mandado que guardemos con toda exactitud sus Divinos Mandamientos. (Salm. 118, 4) De aquí nuestra necesidad de temer al Señor, y de guardar sus Mandamientos, porque en esto esencialmente consiste todo hombre, (Eccle. 12, 13) De aquí nuestra obligación estrechísima de aborrecer el pecado, huir de él como de una víbora, igualmente que, de las ocasiones de cometerlo, y además tratar de borrarlo con verdadera penitencia, si en él hubiésemos incurrido. Y de aquí la precisión de haber de santificarnos con las virtudes que en ellos se nos mandan, compendiadas todas en la caridad con Dios y con el prójimo, y con el cumplimiento más puntual de las peculiares obligaciones de nuestro estado y oficio. De otra suerte será imposible salvarnos, porque tiene fulminada el Señor su divina maldición, y sus más terribles Anatemas contra todos aquellos que no permanecieren constantes en obrar cuanto en su Ley Santa se contiene, (Galat. 3, 10). Aprende el modo de observarla: de los heroicos ejemplos de la Madre Santa Teresa de Jesús, toma la firme resolución de imitarla; y pídele te alcance del Todo Poderoso la gracia especial, y los auxilios que para ello necesitas: porque dice el Espíritu Santo, que son malditos del Señor los que declinan de la guarda de sus Mandamientos (Psalm. 118, 21)

—Esto se meditará un poco si cómodamente se pudiere, y después se dirá con devoción la siguiente…

ORACION PARA TODOS LOS DÍAS.

   Incomprensible Señor, y Dios Eterno, Uno en Esencia y Trino en Personas, mi Criador, mi Salvador y mi Padre amabilísimo; en quien creo, en quien espero, y a quien amo de lo íntimo de mí corazón sobre todas las cosas: postrado en vuestra soberana presencia os adoro, os bendigo, y os alabo por vuestro ser inefable por vuestras perfecciones infinitas y porque siempre os habéis manifestado en vuestros Santos admirable. Yo os doy gloria, magnificencia y alabanza porque entre los demás os dignasteis escoger a vuestra fidelísima Esposa, y predilecta Sierva Santa Teresa de Jesús, para que como astro fulgentísimo brillase en el Cielo de vuestra Santa Iglesia, y la ilustrase con la luz de su Celestial doctrina, y admirable sabiduría con el raro ejemplo de sus heroicas Virtudes, y altísima perfección; y con la excelencia de los divinos dones, sobrenaturales gracias, y prerrogativas singulares con que enriquecisteis su alma benditísima; y os suplico, que por su poderosa intercesión, y por los infinitos merecimientos de vuestro Unigénito Hijo mi Redentor, me concedáis el perdón de mis pecados, y el fruto de esta Santa Novena en el remedio de mis necesidades, en la enmienda de mi vida , y en la imitación de sus virtudes, para que siendo mi muerte en vuestra gracia, os alabe después eternamente en el Cielo. Amén.

—Seguida a esta se dirá como propia de este día la siguiente

ORACION.

   Ejemplarísima, virtuosísima, religiosísima y admirable Madre, y protectora mía Santa Teresa de Jesús, fidelísima Esposa del Inmaculado Cordero mi Señor Jesucristo, nuevo ornamento de su Iglesia, Maestra de los Sabios, Directora de los Místicos, vivo ejemplar de los perfectos; restauradora de la piedad, propagadora de la religión, y celadora del honor de Dios. Yo os venero con todo mi corazón, y atraído del suavísimo olor de aquella eminente santidad, con que observando perfectísimamente los divinos Mandamientos, conservasteis siempre en vuestra bendita alma el candor de la inocencia bautismal; sin mancharlo jamás con culpa grave, llenasteis fielmente todos los deberes de vuestras obligaciones, y practicasteis con altísima perfección lo heroico de las virtudes; deseo eficazmente el imitar vuestros ejemplos, y por este medio hacerme digno de vuestra intercesión para con el Todo Poderoso. Alcanzadme pues esta gracia del Señor para que nunca le ofenda, para que fielmente le sirva guardando sus divinos Preceptos, y cumpliendo con exactitud las obligaciones de mi estado, y para que además del especial favor que le pido por vuestro medio en esta Novena, me conceda el morir santamente para después verle y gozarle eternamente en el Cielo. Amén.

—Ahora se rezarán tres Padre Nuestros y Ave Marías gloriados en memoria de la altísima perfección, de las singulares gracias, y de las demás sobresalientes prerrogativas de la Santa Madre, pidiendo a Dios por sus méritos el remedio de las necesidades de la Santa Iglesia, de la de nuestra Monarquía, de las de todo el Pueblo cristiano, y cada uno por el de su especial necesidad, y se rezarán por este orden.

COPLAS.

   Eminente en santidad

Llegó vuestra perfección

Hasta el grado de la unión

Con la excelsa Majestad.

Padre nuestro.

   Os amó Dios en tal grado,

(Privilegio es sin segundo)

Que a no haber criado el mundo

Por vos lo hubiera criado.

Padre nuestro.

Lo que pides al Señor

Sabemos que no lo niega,

Por todos nosotros ruega

Se digne darnos su amor.

Padre nuestro.

   Todos pues os suplicamos

Con instancia humilde y fuerte

Que en la vida y en la muerte

Tu protección consigamos.

— Ruega por nosotros bendita Madre Santa Teresa.

—Para que alcancemos de Cristo sus bendiciones y sus promesas.

Aquí con el mayor fervor pedirá cada uno a Dios por intercesión de la Santa Madre la gracia particular que desea conseguir.

ORACION TERCERA PARA TODOS LOS DIAS.

   Benignísimo Jesús, Salvador, Padre, y Redentor mío amabilísimo, que teniendo vuestras delicias con los hijos de los hombres vuestros escogidos, os dignasteis de tenerlas muy singularmente con vuestra dilectísima y escogida Esposa Santa Teresa, haciéndola archivo de vuestros secretos, depósito de vuestros dones, instrumento de vuestra misericordia, celadora de vuestro honor, firmísima columna del espiritual edificio de vuestra Iglesia, confusión de los Herejes, delicias de los Católicos, oráculo de los Justos, y poderosísima Protectora de sus devotos para conseguirles de vuestra Majestad el remedio de sus necesidades. Yo os suplico, Señor, por vuestros infinitos merecimientos, por lo mucho que os agradaron los de esta vuestra amada, y favorecida Sierva, por los extraordinarios favores, singularísimas gracias, y especiales prerrogativas con que la adornasteis de no negarle cosa alguna de lo que os pidiere, que me concedáis todo lo que en esta Novena os suplico por su medio, si fuere de vuestro Divino agrado, y conviniere para el mayor bien, y para la salvación eterna de mi alma. Amén.

—Se concluirá con una Salve a María Santísima nuestra Madre y Señora del Carmen en sufragio de las benditas Almas del Purgatorio, y para que se digne asistirnos en la hora terrible de nuestra muerte, alcanzándonos del Señor el necesario auxilio de la gracia final.

DÍA SEGUNDO

EJERCICIO.

   Este día para imitar en algo la obediencia de la Santa Madre, se tendrá un particular cuidado de no faltar a cosa alguna que se nos mande, y de cumplir con exactitud aun las más pequeñas obligaciones de nuestro estado.

   —A la hora competente, y antecediendo la común preparación de signarse con la Santa Cruz, y hacer el acto de contrición con la devoción posible podrá leer si gustare la siguiente:

CONSIDERACION:

   Considera, alma, cuan perfecta y heroica fué la Obediencia de la gran Madre Santa Teresa de Jesús; y cuan necesaria le es al cristiano esta virtud para poder salvarse.

PUNTO PRIMERO.

   Considera pues la altísima perfección con que practicó los dos actos, en que consiste necesariamente esta Virtud; y son la absoluta negación de la propia voluntad, y la total entrega de esta en la de los Superiores. Sabía muy bien que la negación propia, es lo primero que exige nuestro Señor Jesucristo de los que resuelven seguirle por el arduo camino de la Evangélica perfección; y conociéndose llamada a esta, puso su mayor conato en no hacer su propio gusto, o su querer en cosa alguna. Por el contrario, trabajaba incesantemente por vencer su propia inclinación, y con un fervor increíble se propuso seguir fielmente el admirable ejemplo de Cristo nuestro Redentor que decía, no haber venido al mundo para hacer su propia humana voluntad, si no a cumplir entera y únicamente la de su Eterno Padre. Tanto fué lo que adelantó por este medio que llegó hasta el grado de parecer que no tenía propia voluntad; y aun subió al arduo y difícil de ser ájenos y no suyos sus actos, porque lo eran o del Soberano impulso de la gracia interior que le movía, o de la intención, consejo y beneplácito del Prelado, del Director que la gobernaba, obedeciendo a este tanto como al mismo Inmenso Dios, dice la historia de su vida (Lib. 3. cap. 3). Rara fué y admirable esta parte su obediencia, porque fué absoluta y perfectísima la negación de sí misma con que supo ejercitarla, cautivando en su obsequio no solo su voluntad, mas también su grande entendimiento.

   Parecía vivir de la voluntad de sus Superiores, porque les había entregado tan perfectamente el gobierno de la suya, que nada hacía si no lo que aquellos le ordenaban. Obedecíales no solo con la más exacta puntualidad y con la mayor presteza, mas también con júbilo y alegría de su alma, no menos en las cosas arduas, difíciles, y al parecer repugnantes, que en las fáciles o que pudieran ser de su gusto. Su obediencia llego hasta la perfección de llenar completamente la intención y la voluntad de las que la gobernaban, tanto en lo que expresamente le mandaban o cuanto en lo que conocía que fuese su voluntad, su intención y sus deseos. No podemos dudar que llegó a la cumbre de la heroicidad en la práctica de esta virtud, porque antepuso esta más de una vez a la luz de la Celestial revelación particular con que había sido favorecida; porque decía, que, en esta, por cierta que le pareciese, podía caber algún engaño, y en obedecer estaba cierta que no lo había. Aquí se vio anteponer a las víctimas la obediencia; o por mejor decir, realzar el mérito de esta con el sacrificio de sujetar a ella aquellas soberanas ilustraciones, que había del Cielo recibido.

PUNTO SEGUNDO

   Considera, alma mía, la obligación que todos tenemos a obedecer, negando nuestra propia voluntad, y sujetándonos a la de nuestros respectivos Superiores para poder salvarnos. Es la propia voluntad el mayor enemigo que tenemos, porque ella es la que nos derriba en el pecado, la que nos aparta del amor a nuestro Señor Jesucristo, y la que nos priva de su gracia, de su amistad, y de la participación de sus méritos infinitos, mientras que permanecemos en la culpa. Ella hace que amándonos desordenadamente pongamos el corazón en la delicia del mundo, en los gustos de la carne, y en todo lo que es sensual deleitable, y conforme a la Inclinación de nuestros desordenados apetitos. Y ella es con la que resistimos a Dios desatendemos sus inspiraciones, y dejamos inútiles los impulsos de su gracia, haciendo más de una vez efectivo el poder que en ella hay para malograr, o no corresponder a los auxilios más eficaces con que el Señor nos favorece. Por esto decía el Padre San Bernardo, que solo la propia voluntad es la que arde en el inferno, y que el medio para no caer en él es quitar aquella, mediante la negación propia (Apud. S. Bonav. Regul. Novitior, cap. 13) porque sin esto no es posible practicar la Evangélica Doctrina, en que nuestro Señor Jesucristo así lo exige de nosotros, para poder seguirle y salvarnos.

   Esta no será en manera alguna suficiente mientras que no obedezcamos fielmente a nuestras Cabezas y Superiores. Lo son nuestros Padres naturales, y todos los que con este nombre se comprenden en el cuarto precepto de la Ley Santísima de Dios. Tales son los Reyes, y Señores temporales en cuyos territorios vivimos: los Tribunales, los Jueces, y las Justicias que nos gobiernan, con los Magistrados y Cabezas de los Pueblos en que habitamos: los Maestros que nos enseñan las letras, o algún arte y oficio, no menos que todos los mayores en edad, en dignidad, o en el empleo; y sobre todo los Sacerdotes, y Padres espirituales en sus respectivos grados y jerarquías. A todos estos, guardando la debida proporción, debemos siempre respetar y obedecer, porque Dios así lo ha dispuesto, poniendo este buen orden en el mundo desde sus principios. Por esto el que resiste o se niega a someterse a la potestad del Superior, resiste a lo que nos tiene Dios ordenado en su Santa Ley, y el que así resiste se hace reo de la eterna condenación de su alma, (Roman, 13, 3) Porque es este un pecado tan enorme, que el Espíritu Santo lo equipara a los de la Idolatría y Hechicería, para darnos a conocer su gran malicia, y cuan justamente son reprobados los que permanecen hasta la muerte en esta culpa. Toma y sigue con fidelidad el heroico ejemplo de obediencia que nos dio la bendita Madre Santa Teresa para poder salvarte, y pídele te alcance de Dios con sus ruegos, que a imitación suya y del Divino Salvador seas obediente hasta la muerte como él lo fué, y nos manda que lo seamos a toda humana criatura por su amor. 

—Esto se meditará un poco si se pudiere: se dirá después la Oración Incomprensible Señor, y concluida se dirá la siguiente

ORACION.

   Obedientísima, rendidísima, y prudentísima Virgen y amada Madre mía Santa Teresa de Jesús. Vos sois aquella fiel Hija del Dios de la Majestad, que inclinando el oído de la razón a la voz suave de su Divina inspiración le obedecisteis fielmente, siguiendo sin tardanza su santísima voluntad con la perfecta negación de la vuestra. Vos la que a ejemplo de nuestro Redentor obedecisteis humilde a toda humana criatura por su amor sin distinción alguna. Y vos la que uniendo vuestra voluntad en todo y por todo a la del mismo Señor, llegasteis a tanta perfección, que hicisteis por un modo admirable su divino beneplácito, cumpliendo el de vuestros Prelados y Directores; viéndose en vos una obediencia ardua como la de Abraham, pronta como la de Samuel, generosa y universal como la de los Apóstoles; yo os suplico humildemente, que pues su Majestad en premio de vuestra perfectísima negación os prometió hacer vuestra voluntad, no negándoos cosa alguna que le pidiereis, que os dignéis rogarle eficazmente, que me conceda el imitaros en esta y en las demás virtudes; el especial favor que por vuestra Intercesión le pido en esta Novena, si fuere de su divino agrado, y que cumpliendo en la tierra su santísima voluntad mientras que viva, pase después a cumplirla mejor con los Bienaventurados en el Cielo. Amén.

—Ahora se rezan los tres Padre nuestros y Ave Marías gloriados, y se sigue lo demás hasta concluir como en el primer día.

DIA TERCERO

EJERCICIO.

   Para imitar en algún modo el amor o la Pobreza de la Santa Madre se dará una limosna decente a una familia, o pobre vergonzante; y el que no pudiere darla rezará algo pidiendo a Dios el socorro de aquel necesitado.        

   —A la hora competente, habiéndose preparado como en los días antecedentes leerá con atención la siguiente…

CONSIDERACIÓN.

   Considera, alma la heroica Pobreza de la Madre Santa Teresa de Jesús; y cuál ha de ser esta virtud en los cristianos para que puedan salvarse.

PUNTO PRIMERO

   Considera pues, como el extremado amor que tenía a esta virtud la Santa Madre, le hizo despreciar todas las cosas de la tierra, y proponerse   por modelo y ejemplar la de nuestro Señor Jesucristo para imitarla en cuanto pudiese. Nada amaba, ni quería, ni solicitaba de los bienes temporales, o que llaman de fortuna: aborrecía las riquezas, despreciaba las abundancias, y miraba con horror las superfluidades. Aun lo preciso le parecía alguna vez demasiado: y entonces se llenaba de júbilo su alma, cuando se veía carecer, de las cosas necesarias. No se hallará por cierto codicioso alguno tan apasionado y ansioso de los tesoros, del dinero, del oro, y de la plata, como lo fué la bendita Madre de la escasez, y de la indigencia, que son propias de la más estrecha pobreza. Fué verdaderamente perfectísima pobre de espíritu, porque siendo Dios todo su tesoro, y su porción y abundancia no otra que la guarda más exacta de su Divina Ley, se hizo digna de que la enriqueciese abundantísimamente de sus divinos preciosísimos dones, aquel mismo por cuyo ejemplo y amor había propuesto la opulencia a las penurias de la voluntaria mendicidad.

   Esta virtud se le hacía tanto más amable y fácil de practicar, cuanto consideraba el admirable y eficaz ejemplo del que siendo por naturaleza rico, por ser único y absoluto dueño de los Cielos y la Tierra, se hizo voluntariamente pobre por nosotros, para hacernos ricos con el mérito de esta excelentísima virtud. Mirabais en el pesebre, y en la Cruz: en las penalidades de su vida, y en el desamparo de su muerte: en el trato particular de su persona, y en su conducta como Cabeza y Superior de la comunidad de los Apóstoles: y no hallando en todo esto otra cosa que ejemplos de moderación, de pobreza, de olvido, y desprecio de todo lo transitorio y temporal, corrió con agigantado espíritu en su secuela, y llegó en su imitación hasta la eminente cumbre de su Apostólica y Evangélica perfección. A esta misma subió por la práctica de la pobreza de espíritu, según toda la extensión con que la persuade y aconseja el mismo Señor en su Sagrado Evangelio. Así se hizo benemérita de unirse, y de poseer completamente al que lo es todo, renunciando por su amor sin reserva alguna, lo que verdaderamente es nada; porque la eminente ciencia con que la ilustró nuestro Señor Jesucristo la hizo conocer como a San Pablo, que todo lo temporal debía reputarlo por basura contentible para hacerse digna de poseer a Cristo.

PUNTO SEGUNDO

   Aquí puedes considerar, cuan necesaria le es al cristiano la pobreza de espíritu, y el riesgo manifiesto de perderse en que se halla su alma, por lo contrario. Consiste pues aquella en el desprendimiento interior de todos los bienes de fortuna, y en quitar el amor de las riquezas o abundancias que Dios diere: en no abusar de ellas para gastos pecaminosos de lujo, diversiones profanas, y pleitos injustos, ni en fomento de las pasiones de lujuria; de ambición y de soberbia. Es precepto Divino que no pongamos el amor en las abundancias, ni en los tesoros de la tierra; porque siendo necesario amar a Dios sobre todas las cosas, será esto imposible si amamos desordenadamente las riquezas. No es posible servir a un mismo tiempo a dos señores entre sí opuestos y contrarios, como lo son Dios y el dinero; porque el amor de nuestro corazón ha de estar precisamente, donde estuviere nuestro tesoro. Son espinas las riquezas según el Santo Evangelio; y si no quitamos de ellas la voluntad y la afición; será esto bastante para que se malogre, y para que no fructifique en el alma el grano de la Divina gracia que pone Dios en ella para salvarla. Terrible pero infalible verdad.

   No lo es menos la del riesgo cierto y manifiesto de perderse en que se halla todo aquel que se deja dominar del vicio de la codicia. Los que desean hacerse ricos, dice el Espíritu Santo, caen en la tentación y en el lazo de Satanás, y en muchos deseos inútiles y perniciosos, que llevan al hombre a su muerte, y su perdición (1Timot. 6, 9). Entre todos los pecados no hay otro peor, porque ninguna iniquidad es igual a esta de amar desordenadamente el dinero, (Eccli. 10, 9) Con ella suelen juntarse la soberbia del corazón, la dureza con el prójimo, y la impiedad para con Dios. El rico codicioso se engríe demasiado con su fortuna, se olvida y desatiende comúnmente la necesidad ajena, y no repara en atropellar la Ley Santísima de Dios, ni en despreciar los Soberanos auxilios de la gracia, con tal de dar cumplimiento a su avaricia. La salvación de estos nos la propone el Evangelio como una cosa imposible, o en sumo grado dificultosa. (Math. 19, 24) Conócelo así para detestar y aborrecer este pecado. Resuélvete a seguir el ejemplo de la Madre Santa Teresa, y mucho más el de nuestro Señor Jesucristo, que nos enseñó el odio a las riquezas, el amor a la pobreza, y el modo de atesorar con ella inmensas abundancias en el Cielo, asegurándonos que son Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos, (Math. 5,3)

   —Esto se meditará un rato cuando se pudiere, se dirá la Oración incomprensible Señor, y seguida a ella la siguiente

ORACIÓN

   Amabilísima, benditísima, y veneradísima Madre y favorecedora mía Santa Teresa de Jesús, fiel imitadora de la altísima pobreza de los Apóstoles, y de la de su Divino Maestro nuestro Señor Jesucristo, por cuyo amor renunciasteis perfectísima entre todas las cosas, y le seguisteis en desnudez de espíritu, y de tal manera que fuera de él nada amabais, y nada poseíais. Por esto fuisteis no solo su escogida Sierva, y su amada Discípula, mas también su fina y regalada Esposa, enriquecida con la abundancia de sus dones, y de sus gracias más singulares: hermoseada con el más precioso adorno de todas las virtudes y galardonada con los inefables premios de la gloria de los santos, entre los que os hizo el Señor grande y admirable. Yo os suplico con todo el afecto de mi corazón, que atendiendo a la extrema necesidad en que mi alma se halla, os dignéis de interceder por mí al Todo Poderoso, para que me conceda el especial favor que pido en esta Novena, si fuere esta su santísima voluntad. Pero singularmente aparte mi corazón de todo lo terreno, para que amándole a él solo sobre todas las cosas en lo que me resta de vida, consiga el acabarla en su amistad y gracia para alabarle después eternamente en la gloria. Amén.

—Ahora se rezan los tres Padre nuestros, y todo lo demás como en el primer día.