Novena compuesta hacia 1850 por el P. Fray Rafael Sanz OM, Misionero Apostólico, Cura interino del Santuario de Nuestra Señora de Copacabana y Definidor de la Orden Franciscana en Bolivia, y publicada con licencia de Mons. Manuel Ángel del Prado Cárdenas, Obispo de Santa Cruz de la Sierra, y Mons. José María Yáñez de Montenegro, Obispo de Cochabamba, quienes concedieron 40 días de Indulgencia para cada oración de la Novena. Puede rezarse en cualquier momento del año.
NOVENA EN HONOR A NUESTRO SEÑOR DEL HUERTO
Por
la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos,
líbranos
Señor
✠
Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠,
y del Espíritu
Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo, en quien
espero, a quien amo sobre todas las cosas ¿Mas qué
digo? ¿Cómo tengo valor para asegurar que amo a Dios a vista de las angustias
que mis pecados le hacen padecer? ¡Ay Padre
mío, angustiado Salvador, perdonadme el atrevimiento! Pues lejos de
haberos amado, os he aborrecido, os he ultrajado como el enemigo más cruel.
Conozco, ¡Dios mío! que mis iniquidades me
declaran traidor a vuestra Majestad infinita: veo que mis culpas han humillado
atrozmente a vuestra humanidad sacrosanta. Ellas son la triste causa de
vuestros padecimientos. ¡Sí, Padre amado! yo
que debía ser vuestro hijo y vuestro siervo más fiel, he sido, ¡infeliz de mí!, vuestro azote, vuestro enemigo,
vuestro verdugo. Yo he renovado mil veces los acervos dolores de vuestra
Pasión. ¡Mis enormes pecados han afligido vuestro
Corazón divino, lo han llenado de angustia, han cubierto vuestro hermoso rostro
de palidez mortal, le han hecho sudar Sangre purísima hasta empapar la tierra! Por
seguir al mundo y mis pasiones, he huido de Vos, os he abandonado en vuestro
desamparo, peor que los discípulos; y si me he acercado ha sido para daros como
Judas un abrazo sacrílego, un ósculo traidor para poneros las manos, como los
judíos; para arrastraros maniatado y llenaros de golpes y de ultrajes. ¡Sí, Jesús mío!, todo esto he cometido contra Vos.
Pero ¡ah!, ¡perdonadme, angustiado Señor! Me
pesa de haberos ofendido y de haberos causado tantas amarguras. Dadme un dolor
intenso de mis pasados extravíos, y gracia eficaz para no repetirlos ni
afligiros más. Haced que mi corazón llore sangre a vista de la que Vos
sudasteis y derramasteis por mí. Esta Sangre que debe lavar mis culpas y darme
la eterna gloria. Amén.
ORACIÓN PARA TODOS LOS
DÍAS
¡Amantísimo
Redentor! Esposo
purísimo de mi alma, que, por sacarla del profundo abismo de la culpa,
bajasteis del Cielo, os revestisteis de nuestra carne, os humillasteis con la
marca infame de la esclavitud y del pecado, os cargasteis con el enorme peso de
todos los crímenes de los hombres, para satisfacer con vuestra muerte a la
justicia divina, permitidme que por un momento os acompañe al monte de las
Olivas, donde vais a agonizar por mi amor. Permitidme que entre con Vos en el
huerto solitario de Getsemaní, para consolaros. ¡Ah!,
yo no soy un Ángel que os pueda confortar: pero vuestro abatimiento,
vuestra angustia, ¡Dios mío!, me confortará
a mí, miserable pecador. Pues el veros tan sumiso en cumplir la voluntad de
vuestro Padre, para pagar siendo inocente, la deuda inmensa de mis iniquidades,
me alentará para sufrir con resignación los trabajos y aflicciones que me manda
su adorable Providencia, tanto para purificar mi alma, como para enseñarme que
sin padecer algo por su amor no sería digno de acompañarlo en la gloria donde,
aunque sea a fuerza de angustias, quiero ir a gozar los frutos dulcísimos de su
Sangre derramada por mí. Amén.
DÍA PRIMERO
MEDITACIÓN: IDA DE JESÚS AL HUERTO – SU TRISTEZA.
Considera, alma mía, cómo Jesucristo después de
haber instituido el Santísimo Sacramento del altar, después de haber lavado los
pies a sus Discípulos y después de haberse despedido tiernamente de su
santísima Madre, sale del santo cenáculo con sus discípulos. Júntate tú a
ellos, y no dejes al divino Maestro, pues va a orar y agonizar por ti. Es de
noche, los mortales están durmiendo, sus Apóstoles pronto se rendirán al sueño:
más sus enemigos se agitan furiosamente. Por lo mismo, despiértate tú y
síguele: mira y observa bien sus pisadas. Jesús va caminando y saliendo de
Jerusalén con majestad en sus pasos, con humildad en su rostro, con silencio en
su boca, mas con profunda tristeza en su divino Corazón. ¿Y por qué será esto, alma mía? ¡Ay!, los Apóstoles lo miran confusos, sin atreverse a
preguntarle la causa de su aflicción: recelan que aquella noche se verificará
el funesto vaticinio de Zacarías, anunciando por Jesús mismo: «Heriré al Pastor, y serán dispersadas las ovejas de mi rebaño». Este presentimiento turba
sus almas y cierra sus labios, así como se los cerró a los amigos de Job la
vista de su vehemente dolor. Las tiernas miradas del Señor, el silencio de la
noche, la solitaria obscuridad de Getsemaní aumenta su timidez y su pavor. Al
entrar en ese huerto rompe Jesús su silencio, y les dice con voz medrosa: «¡Discípulos míos carísimos! Quedaos aquí, descansad, mientras
yo voy a orar. Y tú, mi Juan amado, Pedro, Santiago, vosotros que me habéis
visto transfigurado y glorioso sobre el Tabor, venid conmigo para ver de cerca
mi aflicción y agonía. Si, acompañadme: no me dejéis. Quizá vuestra fiel
compañía mitigará ese tedio desolante, ese pavor terrible que penetra hasta mi
alma: esa alma, que da vida al mundo, y que ahora temo que va a morir de
tristeza. ¡Tal es la angustia de muerte que la combate! Tristis est ánima mea
usque ad mortem».
¡Qué
declaración tan triste, qué palabras tan misteriosas en la boca del eterno
Verbo! Esto parece incompatible
con la divinidad. Así es, ¡alma mía! Pero advierte que el Eterno Padre
desde la entrada al huerto hasta la cruz le retira a Jesucristo los consuelos
de su naturaleza divina, haciendo que su humanidad sacrosanta al ir a
satisfacer la deuda inmensa de todos los pecados de los hombres, se sintiese
abrumada y oprimida de tanto peso como el que causaba en su alma tan mortales
angustias. ¡Ah!, y ¿cómo no se había de entristecer, cómo no se había de
angustiar Jesús, cuando en aquel momento se le cargaban todos los dolores,
todas las penas, todas las desolaciones, todas las angustias y todos los
tormentos que nuestras culpas merecían? Él
conoce toda la extensión del cargo que va a satisfacer, de la deuda que va a
pagar. Sin embargo, su carne se siente enferma y desfallece, su Corazón se
acongoja y se perturba; su alma se aflige y casi muere de tristeza, a vista de
una responsabilidad tan inmensa. ¿Y tú, alma mía, al ver a Dios en esa consternación y
abatimiento, en que tú lo pusiste, no te afliges, no te angustias? ¡Qué dureza, qué
crueldad la tuya! Al entrar en el huerto parece que el Corazón de
Jesucristo se sobrecoge de espanto y le va a salir de su pecho, con más razón
que el de Eliú (Job 37). Él puede exclamar con más verdad que Jeremías: «Siento que mi
corazón se parte y que mis huesos se dislocan: me siento desfallecer como ebrio
a la presencia de Dios». Él puede asegurar mejor que Elifáz: «En el horror de esa nocturna visión, ahora que el sueño oprime
a los hombres, se han apoderado de mí el pavor y el temblor, y hasta mis huesos
se estremecen y tiemblan con tan profunda tristeza. Y así, discípulos míos,
¡almas que me amáis!, no me desamparéis, consoladme, poneos junto a mí;
siquiera vuestra vista mirará mi acerba tristeza. Entristeceos pues, orad y
velad conmigo, ya que mi alma por vosotros está triste hasta la muerte».
AFECTOS
Angustiado Jesús, Padre amoroso de mi alma, ¿cómo no muero yo de dolor al ver que, siendo Vos
inocente y santo agonizáis, al contemplar los tormentos en que os ponen mis
abominaciones criminales? Ay de mí. Yo soy más
cruel que los parricidas, pues no me conduelo de la triste angustia de mi
Padre. Esa angustia que yo mismo he causado a su amante Corazón. Sí, Salvador
mío, mis risas impuras, mis alegrías mundanas, mis gustos ilícitos, mis
placeres criminales, mis complacencias inicuas han sido y son todavía las que
contristan vuestro Corazón, las que entristecen vuestra alma, hasta el punto de
agonizar y de morir. Pero hasta, Señor, basta de reír con el pecado, basta de
alegrarme con los pecadores. Quiero entristecerme con Vos, ya que mis culpas lo
merecen, y ya que Vos tanto os entristecisteis por mí. Y así las tristezas y
angustias que el mundo me causare y que me mandare vuestra providencia, las
uniré a las vuestras, las sufriré por amor de las vuestras, no solo para
alcanzar lo que os pido en esta novena, sino también para gozar en el Cielo de
los gozos inefables que Vos prometéis a los fieles que por Vos se entristecen y
lloran en este mundo. Así sea.
—Aliéntese
la confianza, y pida cada cual la gracia o favor que desea conseguir.
—Después
se rezarán tres Credos en la forma y oraciones siguientes:
—Recemos
un Credo al Señor del Huerto, para que nos dé su santa gracia, a fin de que
nuestras culpas no vuelvan a renovar en su alma santísima la mortal tristeza
que sintió en Getsemaní. Creo en Dios Padre,
etc.
—Recemos
otro Credo al Señor del Huerto, para que por su amor nos dé la gracia de sufrir
con resignación las tristezas, las angustias, las aflicciones, las
persecuciones, las injusticias, las infamias y cuantas penas nos causaron
nuestros enemigos, y cuantos trabajos el Señor nos permita. Creo en Dios Padre, etc.
—Recemos
otro Credo más al Señor del Huerto, para que por los méritos de su triste agonía
dulcifique con su gracia las agonías de nuestra muerte, lave nuestras almas con
las gotas purísimas de su sanguíneo sudor, y las reciba como Padre en los gozos
eternos. Creo en Dios Padre,
etc.
LAMENTOS
Triste
y lleno de pavor,
Y
agonizando en el huerto, ¡ven a verme, pecador!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Mira
mi rostro abatido,
Y
mis ojos eclipsados;
Y
sabe que tus pecados
Mis
tristezas han producido.
¿Y
no lloras compungido
Viendo
así a tu Creador?
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Solo
me retiro a orar
Mis
Apóstoles dejando.
Infiel
ingrato, ¿hasta
cuándo
Tú
me harás agonizar?
¿Tus
ojos no hace llorar
Ver
así a tu Redentor?
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
¡Padre
mío, tú no oyes
Mis
suplicantes gemidos!
Mis
discípulos dormidos
Están,
¡y tú, fiel,
desoyes
Mis
quejidos, mis terrores,
Mi
triste pena y dolor!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Ya
repito mi oración,
Mas
mi Padre no la atiende.
Entonces
un Ángel desciende
Que
el cáliz de la pasión
Me
da y tomo… ¡Qué
aflicción
En
mí causa su licor!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Mi
Corazón desfallece…,
Al
suelo me caigo y postro.
¡Mira,
pecador, mi rostro!
Sangre
suda, sangre ofrece,
Por
la angustia que padece
En
obsequio de tu amor.
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
¡Huerto
de Getsemaní,
Regado
con Sangre mía,
Tú
que viste mi agonía
Y
cuanto yo padecí!
Suda
y llora tú por mí,
Pues
no llora el pecador.
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Si
tú no lloras ni sudas
Viéndome
a Mí agonizar,
Viendo
a la turba asomar
Con
sus espadas desnudas,
¡Si
serás tú ya otro Judas,
Otro
pérfido traidor!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Él
con ósculo me vende,
Dándome
abrazo de paz…
¡Y
tú, ay, cuántos me das!
¡Ah,
cuánto tu alma me ofende!
Horrorízate
y comprende
De
tu crimen el horror.
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Tú
te irritas al mirar
Que
Judas traidor me entrega…
¡Y
no ves que quien se llega
Con
pecado a comulgar
Me
vende y vuelve a entregar!
¡No
renueves mi terror!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Con
furibunda bravura
Me
arremeten los sayones,
Y
me llenan de baldones…
Mas
yo con dulce ternura
Quiero
ablandar su ira dura
Con
dos prodigios de amor.
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
A
mi voz omnipotente
Ellos
caen oprimidos:
Mas
se vuelven atrevidos
Contra
el Cordero inocente.
¡Pecador
incontinente,
No
te hielas de estupor!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
¡Ah,
sí! Helarte
tú debieras;
Pues
tú eres quien me atas,
Me
arrastras y me maltratas
Con
mil infames maneras…
¡Si al fin, hijo,
conocieras
Que
padezco por tu amor!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Mas
¡ay!, ¡tú te huyes de Mí,
Cual
discípulo cobarde…
Tú
que hacías tanto alarde
De
morir conmigo. Di:
¿Por
qué tanto frenesí
Contra
tu Dios Salvador?
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
Deja
ya, pues, tu pecado:
¡No vuelvas más a ofenderme!
Mírame
atado a inerme,
Escupido,
ensangrentado,
Hasta
morir enclavado
Por
ti, ¡ingrato
pecador!
Por
tu sanguíneo sudor,
¡Misericordia,
Dios mío! ¡Misericordia, Señor!
℣.
Nos redimiste Señor con tu sangre purísima.
℟.
Y con ella nos hiciste tu reino de delicia.
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que a tu Hijo
unigénito lo constituiste Redentor del mundo, y quisiste que tu justicia divina
fuese aplacada con su preciosa Sangre: te rogamos por la que sudó en el huerto,
que después de haber venerado con pura devoción este precio divino de nuestra salud
eterna, seamos defendidos por su virtud de los males de este mundo, y gocemos
en el Cielo de sus dulcísimos frutos, por la pasión sagrada de Aquel que
contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos
de los siglos. Amén.
—Recemos
una Salve a las angustias de María santísima, por la exaltación de la Santa Fe
Católica, extirpación de las herejías, paz y concordia entre los príncipes
cristianos, acierto y prosperidad a nuestros Superiores civiles y
eclesiásticos, tranquilidad y orden público, y resignación en nuestros
trabajos, para que seamos felices en esta vida y en la otra. Dios te salve, Reina y Madre etc.
Bendito y
alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado
original.
En el
nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

