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domingo, 31 de marzo de 2024

NOVENA EN HONOR AL SEÑOR DEL HUERTO.

 


Novena compuesta hacia 1850 por el P. Fray Rafael Sanz OM, Misionero Apostólico, Cura interino del Santuario de Nuestra Señora de Copacabana y Definidor de la Orden Franciscana en Bolivia, y publicada con licencia de Mons. Manuel Ángel del Prado Cárdenas, Obispo de Santa Cruz de la Sierra, y Mons. José María Yáñez de Montenegro, Obispo de Cochabamba, quienes concedieron 40 días de Indulgencia para cada oración de la Novena. Puede rezarse en cualquier momento del año.



 NOVENA EN HONOR A NUESTRO SEÑOR DEL HUERTO


Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.



ACTO DE CONTRICIÓN


   Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo, en quien espero, a quien amo sobre todas las cosas ¿Mas qué digo? ¿Cómo tengo valor para asegurar que amo a Dios a vista de las angustias que mis pecados le hacen padecer? ¡Ay Padre mío, angustiado Salvador, perdonadme el atrevimiento! Pues lejos de haberos amado, os he aborrecido, os he ultrajado como el enemigo más cruel. Conozco, ¡Dios mío! que mis iniquidades me declaran traidor a vuestra Majestad infinita: veo que mis culpas han humillado atrozmente a vuestra humanidad sacrosanta. Ellas son la triste causa de vuestros padecimientos. ¡Sí, Padre amado! yo que debía ser vuestro hijo y vuestro siervo más fiel, he sido, ¡infeliz de mí!, vuestro azote, vuestro enemigo, vuestro verdugo. Yo he renovado mil veces los acervos dolores de vuestra Pasión. ¡Mis enormes pecados han afligido vuestro Corazón divino, lo han llenado de angustia, han cubierto vuestro hermoso rostro de palidez mortal, le han hecho sudar Sangre purísima hasta empapar la tierra! Por seguir al mundo y mis pasiones, he huido de Vos, os he abandonado en vuestro desamparo, peor que los discípulos; y si me he acercado ha sido para daros como Judas un abrazo sacrílego, un ósculo traidor para poneros las manos, como los judíos; para arrastraros maniatado y llenaros de golpes y de ultrajes. ¡Sí, Jesús mío!, todo esto he cometido contra Vos. Pero ¡ah!, ¡perdonadme, angustiado Señor! Me pesa de haberos ofendido y de haberos causado tantas amarguras. Dadme un dolor intenso de mis pasados extravíos, y gracia eficaz para no repetirlos ni afligiros más. Haced que mi corazón llore sangre a vista de la que Vos sudasteis y derramasteis por mí. Esta Sangre que debe lavar mis culpas y darme la eterna gloria. Amén.


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


   ¡Amantísimo Redentor! Esposo purísimo de mi alma, que, por sacarla del profundo abismo de la culpa, bajasteis del Cielo, os revestisteis de nuestra carne, os humillasteis con la marca infame de la esclavitud y del pecado, os cargasteis con el enorme peso de todos los crímenes de los hombres, para satisfacer con vuestra muerte a la justicia divina, permitidme que por un momento os acompañe al monte de las Olivas, donde vais a agonizar por mi amor. Permitidme que entre con Vos en el huerto solitario de Getsemaní, para consolaros. ¡Ah!, yo no soy un Ángel que os pueda confortar: pero vuestro abatimiento, vuestra angustia, ¡Dios mío!, me confortará a mí, miserable pecador. Pues el veros tan sumiso en cumplir la voluntad de vuestro Padre, para pagar siendo inocente, la deuda inmensa de mis iniquidades, me alentará para sufrir con resignación los trabajos y aflicciones que me manda su adorable Providencia, tanto para purificar mi alma, como para enseñarme que sin padecer algo por su amor no sería digno de acompañarlo en la gloria donde, aunque sea a fuerza de angustias, quiero ir a gozar los frutos dulcísimos de su Sangre derramada por mí. Amén.



DÍA PRIMERO


MEDITACIÓN: IDA DE JESÚS AL HUERTO – SU TRISTEZA.


   Considera, alma mía, cómo Jesucristo después de haber instituido el Santísimo Sacramento del altar, después de haber lavado los pies a sus Discípulos y después de haberse despedido tiernamente de su santísima Madre, sale del santo cenáculo con sus discípulos. Júntate tú a ellos, y no dejes al divino Maestro, pues va a orar y agonizar por ti. Es de noche, los mortales están durmiendo, sus Apóstoles pronto se rendirán al sueño: más sus enemigos se agitan furiosamente. Por lo mismo, despiértate tú y síguele: mira y observa bien sus pisadas. Jesús va caminando y saliendo de Jerusalén con majestad en sus pasos, con humildad en su rostro, con silencio en su boca, mas con profunda tristeza en su divino Corazón. ¿Y por qué será esto, alma mía? ¡Ay!, los Apóstoles lo miran confusos, sin atreverse a preguntarle la causa de su aflicción: recelan que aquella noche se verificará el funesto vaticinio de Zacarías, anunciando por Jesús mismo: «Heriré al Pastor, y serán dispersadas las ovejas de mi rebaño». Este presentimiento turba sus almas y cierra sus labios, así como se los cerró a los amigos de Job la vista de su vehemente dolor. Las tiernas miradas del Señor, el silencio de la noche, la solitaria obscuridad de Getsemaní aumenta su timidez y su pavor. Al entrar en ese huerto rompe Jesús su silencio, y les dice con voz medrosa: «¡Discípulos míos carísimos! Quedaos aquí, descansad, mientras yo voy a orar. Y tú, mi Juan amado, Pedro, Santiago, vosotros que me habéis visto transfigurado y glorioso sobre el Tabor, venid conmigo para ver de cerca mi aflicción y agonía. Si, acompañadme: no me dejéis. Quizá vuestra fiel compañía mitigará ese tedio desolante, ese pavor terrible que penetra hasta mi alma: esa alma, que da vida al mundo, y que ahora temo que va a morir de tristeza. ¡Tal es la angustia de muerte que la combate! Tristis est ánima mea usque ad mortem». ¡Qué declaración tan triste, qué palabras tan misteriosas en la boca del eterno Verbo! Esto parece incompatible con la divinidad. Así es, ¡alma mía! Pero advierte que el Eterno Padre desde la entrada al huerto hasta la cruz le retira a Jesucristo los consuelos de su naturaleza divina, haciendo que su humanidad sacrosanta al ir a satisfacer la deuda inmensa de todos los pecados de los hombres, se sintiese abrumada y oprimida de tanto peso como el que causaba en su alma tan mortales angustias. ¡Ah!, y ¿cómo no se había de entristecer, cómo no se había de angustiar Jesús, cuando en aquel momento se le cargaban todos los dolores, todas las penas, todas las desolaciones, todas las angustias y todos los tormentos que nuestras culpas merecían? Él conoce toda la extensión del cargo que va a satisfacer, de la deuda que va a pagar. Sin embargo, su carne se siente enferma y desfallece, su Corazón se acongoja y se perturba; su alma se aflige y casi muere de tristeza, a vista de una responsabilidad tan inmensa. ¿Y tú, alma mía, al ver a Dios en esa consternación y abatimiento, en que tú lo pusiste, no te afliges, no te angustias? ¡Qué dureza, qué crueldad la tuya! Al entrar en el huerto parece que el Corazón de Jesucristo se sobrecoge de espanto y le va a salir de su pecho, con más razón que el de Eliú (Job 37). Él puede exclamar con más verdad que Jeremías: «Siento que mi corazón se parte y que mis huesos se dislocan: me siento desfallecer como ebrio a la presencia de Dios». Él puede asegurar mejor que Elifáz: «En el horror de esa nocturna visión, ahora que el sueño oprime a los hombres, se han apoderado de mí el pavor y el temblor, y hasta mis huesos se estremecen y tiemblan con tan profunda tristeza. Y así, discípulos míos, ¡almas que me amáis!, no me desamparéis, consoladme, poneos junto a mí; siquiera vuestra vista mirará mi acerba tristeza. Entristeceos pues, orad y velad conmigo, ya que mi alma por vosotros está triste hasta la muerte».


AFECTOS


   Angustiado Jesús, Padre amoroso de mi alma, ¿cómo no muero yo de dolor al ver que, siendo Vos inocente y santo agonizáis, al contemplar los tormentos en que os ponen mis abominaciones criminales? Ay de mí. Yo soy más cruel que los parricidas, pues no me conduelo de la triste angustia de mi Padre. Esa angustia que yo mismo he causado a su amante Corazón. Sí, Salvador mío, mis risas impuras, mis alegrías mundanas, mis gustos ilícitos, mis placeres criminales, mis complacencias inicuas han sido y son todavía las que contristan vuestro Corazón, las que entristecen vuestra alma, hasta el punto de agonizar y de morir. Pero hasta, Señor, basta de reír con el pecado, basta de alegrarme con los pecadores. Quiero entristecerme con Vos, ya que mis culpas lo merecen, y ya que Vos tanto os entristecisteis por mí. Y así las tristezas y angustias que el mundo me causare y que me mandare vuestra providencia, las uniré a las vuestras, las sufriré por amor de las vuestras, no solo para alcanzar lo que os pido en esta novena, sino también para gozar en el Cielo de los gozos inefables que Vos prometéis a los fieles que por Vos se entristecen y lloran en este mundo. Así sea.


—Aliéntese la confianza, y pida cada cual la gracia o favor que desea conseguir.


—Después se rezarán tres Credos en la forma y oraciones siguientes:


—Recemos un Credo al Señor del Huerto, para que nos dé su santa gracia, a fin de que nuestras culpas no vuelvan a renovar en su alma santísima la mortal tristeza que sintió en Getsemaní. Creo en Dios Padre, etc.


—Recemos otro Credo al Señor del Huerto, para que por su amor nos dé la gracia de sufrir con resignación las tristezas, las angustias, las aflicciones, las persecuciones, las injusticias, las infamias y cuantas penas nos causaron nuestros enemigos, y cuantos trabajos el Señor nos permita. Creo en Dios Padre, etc.


—Recemos otro Credo más al Señor del Huerto, para que por los méritos de su triste agonía dulcifique con su gracia las agonías de nuestra muerte, lave nuestras almas con las gotas purísimas de su sanguíneo sudor, y las reciba como Padre en los gozos eternos. Creo en Dios Padre, etc.


LAMENTOS


Triste y lleno de pavor,

Y agonizando en el huerto, ¡ven a verme, pecador!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

    

Mira mi rostro abatido,

Y mis ojos eclipsados;

Y sabe que tus pecados

Mis tristezas han producido.

¿Y no lloras compungido

Viendo así a tu Creador?

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

   

Solo me retiro a orar

Mis Apóstoles dejando.

Infiel ingrato, ¿hasta cuándo

Tú me harás agonizar?

¿Tus ojos no hace llorar

Ver así a tu Redentor?

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

    

¡Padre mío, tú no oyes

Mis suplicantes gemidos!

Mis discípulos dormidos

Están, ¡y tú, fiel, desoyes

Mis quejidos, mis terrores,

Mi triste pena y dolor!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

Ya repito mi oración,

Mas mi Padre no la atiende.

Entonces un Ángel desciende

Que el cáliz de la pasión

Me da y tomo… ¡Qué aflicción

En mí causa su licor!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

Mi Corazón desfallece…,

Al suelo me caigo y postro.

¡Mira, pecador, mi rostro!

Sangre suda, sangre ofrece,

Por la angustia que padece

En obsequio de tu amor.

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

    

¡Huerto de Getsemaní,

Regado con Sangre mía,

Tú que viste mi agonía

Y cuanto yo padecí!

Suda y llora tú por mí,

Pues no llora el pecador.

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

    

Si tú no lloras ni sudas

Viéndome a Mí agonizar,

Viendo a la turba asomar

Con sus espadas desnudas,

¡Si serás tú ya otro Judas,

Otro pérfido traidor!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

    

Él con ósculo me vende,

Dándome abrazo de paz…

¡Y tú, ay, cuántos me das!

¡Ah, cuánto tu alma me ofende!

Horrorízate y comprende

De tu crimen el horror.

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

Tú te irritas al mirar

Que Judas traidor me entrega…

¡Y no ves que quien se llega

Con pecado a comulgar

Me vende y vuelve a entregar!

¡No renueves mi terror!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

  

Con furibunda bravura

Me arremeten los sayones,

Y me llenan de baldones…

Mas yo con dulce ternura

Quiero ablandar su ira dura

Con dos prodigios de amor.

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

A mi voz omnipotente

Ellos caen oprimidos:

Mas se vuelven atrevidos

Contra el Cordero inocente.

¡Pecador incontinente,

No te hielas de estupor!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

  

¡Ah, sí! Helarte tú debieras;

Pues tú eres quien me atas,

Me arrastras y me maltratas

Con mil infames maneras…

¡Si al fin, hijo, conocieras

Que padezco por tu amor!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

Mas ¡ay!, ¡tú te huyes de Mí,

Cual discípulo cobarde…

Tú que hacías tanto alarde

De morir conmigo. Di:

¿Por qué tanto frenesí

Contra tu Dios Salvador?

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!

 

Deja ya, pues, tu pecado:

¡No vuelvas más a ofenderme!

Mírame atado a inerme,

Escupido, ensangrentado,

Hasta morir enclavado

Por ti, ¡ingrato pecador!

Por tu sanguíneo sudor,

¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia, Señor!


. Nos redimiste Señor con tu sangre purísima.

. Y con ella nos hiciste tu reino de delicia.


ORACIÓN


   Omnipotente y sempiterno Dios, que a tu Hijo unigénito lo constituiste Redentor del mundo, y quisiste que tu justicia divina fuese aplacada con su preciosa Sangre: te rogamos por la que sudó en el huerto, que después de haber venerado con pura devoción este precio divino de nuestra salud eterna, seamos defendidos por su virtud de los males de este mundo, y gocemos en el Cielo de sus dulcísimos frutos, por la pasión sagrada de Aquel que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.


—Recemos una Salve a las angustias de María santísima, por la exaltación de la Santa Fe Católica, extirpación de las herejías, paz y concordia entre los príncipes cristianos, acierto y prosperidad a nuestros Superiores civiles y eclesiásticos, tranquilidad y orden público, y resignación en nuestros trabajos, para que seamos felices en esta vida y en la otra. Dios te salve, Reina y Madre etc.


Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original.


En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.