Novena
compuesta por María Josefa Amalia de Sajonia de Borbón, reina consorte de
España, y publicada por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en la
imprenta de José Rubio en Barcelona, con aprobación del Cardenal-Arzobispo de
Toledo en 1828. Los Gozos son de la autoría de Josep Martí Folguera.
COMENZAMOS: 2 de octubre.
FINALIZAMOS: 10 de octubre.
FESTIVIDAD VETUS ORDO: 11 de octubre.
PRÓLOGO
Siendo
la Encarnación del Verbo el principio de nuestra felicidad, el fundamento de
los otros beneficios Divinos, en el orden de la Gracia y de la gloria, y uno de
los misterios en que más resplandecen las perfecciones del Señor, y
singularmente su infinita Bondad y amor a los hombres: justo
es que estos procuren honrarla con particular devoción y reverencia. Es
el primero de todos los misterios de la Nueva Ley, y el fin de la Antigua: es
el beneficio de Dios, del cual son consecuencia los otros: pues en su Humanidad
Sacratísima pagó Jesucristo la deuda del género humano; bajo su velo anduvo por
el mundo iluminándole con su celestial Doctrina y dándonos en su admirable vida
un perfecto dechado de todas las virtudes. El beneficio de la Encarnación
disminuye en cierto modo el pasmo que habían de causarnos los que a él se
siguieron, pues un Dios, cuyo amor a los hombres llega hasta el punto de
vestirse de su misma carne, y cargarse con todas sus miserias, excepto las de
ignorancia y malicia; ¿que no hará por aquellos a quienes mostró tan gran
ternura, y que ya, después de este principio; cuenta por sus hermanos y
particioneros con él de una misma naturaleza? La creencia de este Misterio es una de las primeras bases
de nuestra Fe, cuyo principal objeto es un solo Dios en tres personas, de las
cuales la segunda es al mismo tiempo Hombre verdadero; es el cimiento sólido de
nuestra Esperanza, pues cuando este Señor se hizo Hijo del Hombre, nosotros
fuimos adoptados por hijos de su Eterno Padre, por hermanos del Hombre Dios, y
por coherederos de su gloria. Por él fuimos
consagrados para Templos del Espíritu Santo; limpios de nuestras culpas, y
adornados de su Gracia. Por él somos
mirados de Dios con ojos de misericordia; pues si este Señor estaba pronto a
perdonar al culpado pueblo de Sodoma, como encontrase en él diez justos; ¿con qué ojos no
mirará a la naturaleza humana, a aquel pueblo en cuyo número cuenta, no ya solo
diez justos, sino la justicia y la Santidad por esencia, que es su Unigénito
Hijo, objeto de sus eternas complacencias? La Encarnación de este
dulcísimo Redentor de nuestras almas es también incentivo de la caridad, pues
si con nada se enciende mejor un fuego que con otro fuego, ¿qué mayor motivo para que nuestros
corazones se abrasen en amor de este Señor, que ver una prueba tan asombrosa
del suyo como es hacerse hombre y morir por salvarnos? Ella es
también la gloria de nuestra naturaleza, pues siendo esta por sí baja y
terrestre, y habiendo decaído por la culpa de su primera excelencia, se ve tan
elevada en la Divina persona de Jesucristo, que los más altos Serafines del
Cielo se postran delante de ella para adorar el propio cuerpo y Alma de su Dios
y Criador. Ella también nos abre la puerta segura y fácil camino para la unión
con Dios y contemplación de sus perfecciones infinitas, pues como el espejo ustorio
recoge los rayos del Sol y los atrae a la tierra, así los atributos divinos,
que resplandecen en la Humanidad Sagrada del Hijo de Dios, cual en espejo
clarísimo, como que se acercan a nuestra vista y se acomodan más a nuestro
flaco entendimiento, Aquel que habita la luz inaccesible ya se presenta a
nuestros ojos, y vestido de nuestra carne, podemos conversar con él y llegarnos
como un hombre se llega a otro hombre, a aquel Dios ante cuyo acatamiento tiemblan
y encogen sus alas las potestades Angélicas, para que, como canta la Iglesia,
cuando conocemos a Dios visiblemente, seamos arrebatados por él al amor de las
cosas invisibles; pues aquí se empezó a descubrir el Velo del Santuario, que
había de rasgarse del todo en la muerte de este Señor. En el día dichoso de la
Encarnación se presenta la víctima, que había de servir para nuestro rescate, y
se preparó el grano de trigo precioso, del cual se había de amasar el Pan del
Cielo para nuestro alimento, se alegraron los Ángeles porque iba a poblarse el
Empíreo de nuevos ciudadanos; y se llenaron de rabia los demonios, porque iban
a perder su presa, y ver ocupar a los hombres los puestos que ellos habían
perdido por su soberbia. Este misterio es nuestro
consuelo, nuestro esfuerzo, y nuestra alegría, por sellar la Fe de los puntos
concernientes a él murieron invictos mártires, y desafiaron los gloriosos
Confesores la ira de los Cesares; él triunfó de todas las herejías que se
levantaron contra él, que no trato de referir aquí, antes.... ¡Ojalá fuera
posible sepultarlas en un eterno olvido! pero solo sirvieron para
ponerlo en más clara luz, y para que la Iglesia declarase con más solemnidad y
publicase con más esforzado grito entre todos sus hijos, cómo en la Divina
Persona de Jesucristo están reunidas en uno las dos naturalezas Divina y
humana; en uno digo, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por asunción
de la Humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia,
sino por unidad de la Persona; pues como el alma
racional y la carne es un solo hombre, así Dios y el hombre, es un solo Cristo.
Siendo, pues, tal la grandeza de este Misterio; y tan notables las ventajas que
se nos siguieron de él; es bien justo, como ya dije al principio, que todos los
cristianos que nos preciamos de pueblo escogido del Hombre Dios, le tributemos
en él particular culto y adoración; y habiendo tenido tanta parte en él María
Santísima, y siendo su Maternidad Divina el origen de todas sus otras prerrogativas,
también es debido nos alegremos con ella, y la demos el para bien de su dicha,
y nos gocemos y gloriemos de que sea Madre nuestra la Madre del mismo Dios; el
cual, no contento con habernos hecho hijos de su Padre Celestial, y dado su
vida por nuestro rescate, y su Cuerpo y Sangre por alimento, también nos hizo
desde la Cruz este precioso legado, cuando nos dijo a todos en cabeza de San
Juan: «Mira
ahí a tu Madre». Por esto he
dispuesto yo en esta Novena que la consideración y oración particular de cada
día, trate de una de las perfecciones de Dios y una de las virtudes de María
Santísima, que singularmente resplandecen en este misterio de la Encarnación. También
me ha parecido hacer cada día alguna memoria particular del glorioso Arcángel
San Gabriel, que fue el mensajero escogido para traernos la embajada más
interesante que se hizo jamás del Cielo a la tierra: y de alguno de los nueve
coros de los Ángeles, a quienes mandó el Padre eterno que adorasen a su
Unigénito cuando de nuevo le introdujo en el mundo. Todas estas circunstancias,
unidas a la dignidad del asunto, y lo mucho que hay que decir sobre él, me ha
hecho extender en la Novena más de lo que algunos les permitirán sus
ocupaciones; por lo cual pueden, los que quieran,
abreviarla, no diciendo más que los tres Credos y nueve Ave Marías en la forma
susodicha, nombrando cada día la perfección de Dios de que trate al decir: «Bendita sea la
Sacrosanta e Individua Trinidad, cuya (aquí
se dice la perfección) tanto resplandece en este Misterio»; excepto
el tercer día, que se dirá esto, conforme está puesto; y al decir; «La Humanidad
Sacratísima de nuestro Señor Jesucristo, en la cual está todo nuestro remedio», se añadirá; «y la profunda Humildad, de la cual nos dio tan
maravilloso ejemplo»; y al decir: «la fecunda integridad de María Santísima»,
se nombrará también cada día la virtud que le toque, diciendo, «La fecunda
integridad (y se nombra la virtud) de María Santísima».
Bueno
será confesar y comulgar en alguno de los nueve días, especialmente el primero
y el último en que se trata del amor de Dios a los hombres; y también podrá
leerse este prologo, para prepararse antes de empezarla; pero siendo mi
principal objeto, excitar los corazones a un ardiente amor y profunda gratitud
hacia el Divino Verbo Encarnado; sobre todo, encargo a cuantos la hicieren,
procuren encender en su corazón este fuego celestial con frecuentes y
fervorosos actos de Caridad, y con pedirle los abrase en él a ellos y a todos
los hombres, no olvidando en particular a la última de las Siervas de este
Señor, la Autora, María Josefa Amalia de Sajonia -
Borbón.
NOVENA EN
HONOR DE LA ENCARNACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, Y DE LA DIVINA MATERNIDAD
DE MARÍA SANTÍSIMA
Por
la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos,
líbranos
Señor
✠ Dios
nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN.
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y
Redentor mío y de todos los hombres, por amor de todos los cuales os
dignasteis bajar del Cielo a la tierra tomando carne en las purísimas entrañas
de María Santísima, y sujetándoos a una muerte afrentosa y cruel: postrado a
vuestros pies Divinos, confieso que he merecido mil veces el Infierno por haber
despreciado tamaños beneficios y hollado vuestra Sangre preciosa, derramada por
mí en la Cruz; pero fiado en vuestra misericordia, que tanto manifestasteis en
esta obra, y apoyado en los méritos de esa misma Sangre adorable; me vuelvo a Vos, Salvador mío, y os pido humildemente perdón de
todos mis pecados, arrepintiéndome de ellos de todo corazón, solo por ser Vos
quien sois tan infinitamente perfecto, bueno y amable: propongo firmemente de
nunca más pecar y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos: de confesarme
y cumplir la penitencia que me fuera impuesta, con el auxilio de vuestra Divina
gracia, la cual os pido por vuestros méritos y por la intercesión de María
Santísima, a quien, dignándoos elegirla por Madre, la constituisteis al mismo
tiempo por Reina del Cielo, Madre de misericordia, y refugio de pecadores. Amén.
ORACIÓN PREPARATORIA
PARA TODOS LOS DÍAS
Abrid, Señor, mis
labios, para bendecir vuestro Santo Nombre; purificad mi corazón de todo vano,
ajeno y perverso pensamiento: iluminad mi entendimiento, e inflamad mi
voluntad, para que digna, atenta y devotamente pueda hacer esta Novena, y
merezca en ella ser oído de vuestra Divina Majestad, por Cristo nuestro Señor. Amén.
Señor, en
unión de aquella Divina intención, con la cual en la tierra dirigisteis
vuestras alabanzas a Dios, os dirijo estas oraciones.
DÍA PRIMERO - 2 DE
OCTUBRE.
CONSIDERACIÓN: SANTIDAD DE DIOS, Y PUREZA DE MARÍA
SANTÍSIMA.
Considera la santidad de Dios, que
singularmente resplandece en este misterio de su Encarnación; pues habiéndose
hecho verdadero hombre, y querido nacer de mujer, no quiso elegir por su Madre
a ninguna que no estuviese enteramente libre de toda mancha de pecado;
eximiéndola por singular privilegio, por los méritos de su muerte prevista,
hasta de la misma culpa original, con la cual todos venimos al mundo; pues si
este Señor no quiso tomar carne de una madre, que alguna vez hubiese tenido
alguna mancha ni aun original o venial, ¿cómo piensas que ha de querer habitar en un corazón
lleno tal vez de gravísimos pecados actuales, si no procura el hombre borrarlos
con el dolor y la penitencia?
Considera
también el amor que este Dios de pureza mostró a esta angelical virtud,
eligiendo encarnar en el seno de una Virgen Purísima, y conservándola la
gloriosa calidad de tal, antes del parto, en el parto, y después del parto; y
repara cómo la Señora por su parte, era tan celosa de esta virtud, que no solo
se turbó a la vista de un Ángel, en figura de hombre, sino que aun después de
oído el honorífico mensaje, lejos de hacerla olvidar del cuidado de su
virginidad el augusto título de Madre de Dios, su primera respuesta a las
palabras del Celestial Paraninfo, fue preguntar: «¿Cómo se hará esto, pues yo no conozco
varón?».
Alabarás a Dios en esta perfección suya, y
virtud de Maria Santísima, diciendo la siguiente Oración:
Dios de
santidad, que sois aquel Esposo Celestial que solo se complace entre las
cándidas azucenas de la pureza, por lo cual también quisisteis nacer de Madre
Virgen, e Inmaculada desde su misma Concepción; yo os adoro en esta perfección
vuestra, que tanto resplandece en el Misterio de vuestra Encarnación, y junto
mis adoraciones a las que os rindieron los Ángeles desde el primer instante de
ella, y también a las que os rindió vuestro Arcángel San Gabriel que tuvo la
dicha de anunciar a María Santísima la elección que habíais hecho de ella para
Madre vuestra, y asegurarla al mismo tiempo de la conservación de su pureza
virginal; y os suplico por vuestros méritos y la
intercesión de la misma Señora y del glorioso Arcángel, que preservéis mi corazón
y mi cuerpo de toda mancha, para que sea templo vivo del Espíritu Santo, y
aposento hermoso, aparejado y adornado para recibiros dignamente en el
Santísimo Sacramento del Altar; a fin de que alimentada mi alma de este divino
Maná, camine por el desierto de este siglo, apoyada sobre su amado, como la
Esposa de los Cantares; y así llegue a aquel reino de pureza eterna, donde no
entra ninguna cosa manchada. Amén.
—Ahora se
rezarán tres credos en honor de la Santísima Trinidad, en la forma siguiente:
se dirá: «¡Bendito sea el Padre
Eterno que nos dio su Unigénito Hijo!» y se rezará un Credo; luego
se dirá: «¡Bendito
sea el Hijo Eterno, que se dignó tomar nuestra naturaleza!», y se rezará el segundo Credo; luego se dirá: «¡Bendito sea el
Espíritu Santo, por cuya obra y gracia fue concebido el Hijo!», y rezará el tercer
Credo.
Después se
añadirá:
«Bendita sea
la Sacrosanta e individua Trinidad cuyas perfecciones tanto resplandecen en
este Misterio, la Humanidad Sacratísima de nuestro Señor Jesucristo, en la cual
está todo nuestro remedio, y la fecunda integridad de María Santísima, por cuyo
medio nos vino tanto bien: a la cual saludamos con el Ángel diciendo»: Aquí se rezarán nueve Ave Marías, en reverencia de la
Preñez de María Santísima, y luego se dirá la siguiente oración.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS
LOS DÍAS DE LA NOVENA.
Señor mío Jesucristo, Verbo Divino,
engendrado del Padre antes de todos los siglos, que
gozando en su seno de una bienaventuranza cumplida, y no teniendo ninguna
necesidad de los hombres, os dignasteis, por nuestro remedio, bajar del Cielo a
la tierra, tomando carne en las purísimas entrañas de María Santísima y
sujetándoos a la muerte y a todos nuestros dolores y miserias, excepto a las de
ignorancia y malicia: postrado a vuestros pies, confieso, que aunque tuviera
infinitas lenguas para alabaros, infinitos corazones para amaros, a infinitas
vidas para sacrificarlas todas por vuestro amor, todo esto no bastaría para
agradeceros tamaño beneficio; pero a lo menos, esto poco que en mí hay, y puedo
yo ofreceros (que también es don de vuestra liberalidad) sea todo dedicado a
vuestro servicio: empléense todas las potencias de mi alma en bendeciros y
glorificaros por el medio tan admirable que escogisteis para nuestra
santificación y redención; junto mis adoraciones y las que os rindieron los
nueve Coros de los Ángeles desde el primer instante de vuestra vida mortal, y
las que os rendirán por toda la eternidad: y os suplico, por el infinito
amor que me mostrasteis en esta obra me miréis benignamente, desde el alto
trono donde gozáis la Gloria tan debida a la dignidad de vuestra adorable
Persona, y a las profundas humillaciones, a las cuales os Sujetasteis por
nuestro bien; que me comuniquéis las gracias que merecisteis con vuestro
sacrificio, dándome una Fe viva, una Esperanza firme, y una caridad ardiente;
adornando mi alma de todas las virtudes cristianas, y consiguiéndome, sobre
todo la gracia final; para que después de pasar esta vida miserable en amaros
con todo mi corazón, y serviros con todas mis fuerzas, pueda en la Eterna veros
y alabaros para siempre, como a mi Criador, mi Redentor, Padre amantísimo, y
fuente de todo bien.
Mirad también, Señor, por
la Iglesia que fundasteis con vuestra Sangre, y el supremo Pastor que la
gobierna: os pido, Dios mío, su exaltación; la extirpación de las herejías, y
la paz y concordia entre los Príncipes Cristianos; reducid al gremio de la
Iglesia a todos los que viven descarriados de ella; acordaos, Redentor
dulcísimo, que también por ellos tomasteis nuestra naturaleza, y que tanto os
han costado sus almas, como las de los mayores Santos que reinan con Vos en el
Cielo. Mirad también por nuestro Rey, Reina, su Real Familia y Reino; y en fin
por todos los hombres, y particularmente los que estamos haciendo
esta Santa Novena, concedednos el favor que os pedimos en ella, si es para
mayor gloria vuestra y bien de nuestras almas; y si no una perfecta resignación
a vuestra Divina voluntad: así os lo suplicamos por vuestros méritos y la
intercesión de Maria Santísima, vuestra Madre y nuestra, en quien, después de
Vos, ponemos toda nuestra confianza. Amén.
—Aquí se
pide la gracia que se pretende conseguir, poniendo por intercesora a María
Santísima.
GOZOS
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Vuestra
divina planta
Tiende
del pecado el puente:
Salve
Regína se os canta
En
las cuatro partes del mundo.
Vuestro
auxilio siempre grita
El
hijo de Eva desdichado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos hicisteis brotar la vida
Restañada por el pecado.
¡Dios os
salve! ¡Toda llena
De la
gracia del Señor!
¡Todas las
nubes serena!
Vuestra
mirada plena de claror.
Por
esto es tan débil
El
amor con que os han pagado,
Porque
a Vos deben la vida
Estañada
por el pecado.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Inútilmente
la serpiente horrenda
Rodaba
por todas partes.
Vos
le aplastasteis la cabeza
Con
vuestro santísimo pie.
Nunca
más, oh serpiente maldecida,
Verán
vuestra cabeza en alto:
Nunca
más la fuente de la vida
Nunca
más quedará estañada.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
¡Oh
dulzura y esperanza.
Oh santa
Madre de Dios!
Piedad
y bienaventuranza,
Más
blanca y pura que nieve.
Todo
a loaros convida,
Mas
no hay digno dictado
Para
Vos, fuente de la vida
Que
a todo el mundo ha salvado.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Por
Vos brillan las estrellas
Sobre
el mar tempestuoso,
Y
todas las cosas bellas
Existen
sólo por Vos.
Por
Vos, crece como oro, el trigo
Por
Vos, la luz de la vida
Deshace
la sombra del pecado.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Por
Vos, las flores traen aroma:
Por
Vos cantan los pájaros,
Y
por Vos, llenan el aire
Tantos
ecos de cánticos bellos.
Por
Vos, la tierra iluminada
Está
cuando el sol elevado
Sale
a escampar rayos de vida
Por
toda la inmensidad.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Cuando
la mar se pone inflada,
Os
invoca el marinero:
Os
invocan en la sequía
El
campesino y el jornalero.
Entre
la batalla os grita,
Oh
Virgen, el pobre soldado;
Todos
en Vos, buscan la vida,
El
socorro y la piedad.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Los
niños, ya en la cuna, tienen
Vuestro
escapulario al pecho,
Y
uno de los primeros nombres que aprenden
Es
vuestro nombre bendito.
¿Qué son
los cantos de la haya
Sino
preces de amor sagrado?
¿Qué son
sino raudales de vida
Que bebe
el niño embelesado?
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Cuando
en el tiempo de primavera,
Florecen
los rosales,
Las
doncellas con fallera
Guarnecen
vuestros altares.
La
feliz y la afligida
Por
Vos despullan el prado,
Y
las flores cobran más vida
Estando
a vuestro costado.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Madre
a quien todo hombre venera,
No
nos apartéis vuestro amor,
Seguidnos
intercesora
Ante
Nuestro Señor.
Que
sin trabas redimida
El
alma vuela pronto.
El
alma ama la vida,
Mas
sólo en la eternidad.
Virgen
santa y bendecida,
Madre del
que os ha creado:
Vos
hicisteis brotar la vida
Restañada
por el pecado.
Virgen
santa bendecida,
Madre
del que os ha creado,
El
espíritu se añora y grita
Entre
suspiros: ¡Libertad!
Antífona: Hoy se ha declarado tan admirable misterio:
Renovando la naturaleza, Dios se ha hecho hombre; permaneciendo en lo que fue y
asumiendo lo que no era, sin padecer conmixtión ni división.
℣.
Benditas sean las entrañas de la Virgen María, que portaron
al Hijo del Eterno Padre.
℟.
Y benditos los pechos que lactaron a Cristo el
Señor.
ORACIÓN
Oh Dios, que
quisiste que, al anuncio del ángel, tu Verbo se encarnase en el seno de la
Bienaventurada Virgen María: Suplicámoste hagas que, los que
creemos que ella es verdadera Madre de Dios, seamos ayudados ante ti por su
intercesión. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
En el
nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

