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lunes, 23 de octubre de 2023

NOVENA A LA GLORIOSA MADRE, SERÁFICA VIRGEN Y MÍSTICA DOCTORA SANTA TERESA DE JESÚS.

 

Compuesta por el R.P. Fr. Pedro del Espíritu Santo, Carmelita Descalzo, quien la dedicó al glorioso Patriarca San José, dignísimo esposo de la madre de Dios, y singular protector del Carmelo reformado.

Reimpresa y añadida con los actos de Fe, Esperanza y Caridad

Sale a la luz a expensas de la Comunidad de PP. Carmelitas Descalzos de la ciudad de Ávila.

1924 Imp. catól. y Enc. de Sigirano Díaz Ávila.



COMENZAMOS: 6 de octubre.

FINALIZAMOS: 14 de octubre.

FESTIVIDAD: 15 de octubre.


Introducción a la Novena


   Siendo loable máxima de los fieles valerse de la intercesión de los santos cuando desean conseguir de la Divina Majestad algún espiritual o temporal beneficio, claro se deja entender con cuánta confianza pueden esperar de Dios el buen despacho de sus oraciones y súplicas los devotos, que para este efecto toman por intercesora a la gloriosa madre y seráfica virgen Santa Teresa de Jesús; pues como afirma en la bula de su canonización el Santísimo Padre Gregorio XV, dispuso Dios que naciese esta santa virgen para manifestar a todo el Orbe su Divina Bondad, y para que todos alabasen al Señor, porque en estos últimos tiempos no apartó de nosotros sus misericordias. Y esto lo confirma la misma Santa, cuando dice en el libro de su vida: (Vid., cap. 39, núm. 41.) Que la prometió el Señor no negarla cosa que la pidiese, y que la dijo en otra ocasión (Chron. Carm. Disc. lib. 2. cap. 25, núm. 5.); Ya sabes el desposorio que hay entre Mí y tí; y habiendo esto, lo que Yo tengo es tuyo; y así te doy los trabajos y dolores que Yo padecí; ya con esto puedes pedir a mi Padre como cosa propia. De cuya oferta puede inferirse, que estando vinculado nuestro bien en el abundantísimo tesoro de la pasión y méritos de Jesucristo, sí este soberano tesoro está en manos de Santa Teresa, podemos decirla lo que los egipcios al antiguo José (Génes, 47, v. 25): Nuestra salud está en tus manos.

   Con qué solicitud tomará la Santa a cargo suyo conseguir de Dios (si conviene) lo que desean los devotos que la toman por intercesora, se infiere del grande amor que viviendo en la tierra tuvo la Santa a sus prójimos, y del fervoroso celo de la salvación de las almas; porque habiendo sido este amor caridad y celo cortado al molde de la caridad de Dios que abrasaba su virginal pecho, como dice el llmo. Sr. D. Fray Diego de Yepes, obispo de Tarazona (Yep. Iib. 3, cap, 23 y 25.); y siendo este amor de Dios igual a aquel en que los serafines se abrazan, en sentir del mismo Ilustrísimo, no hay duda que, si nuestra petición no es opuesta a la salud eterna, podemos fiar de su intercesión el deseado logro, porque si este amor y abrasado celo no se disminuye, sino que se aumenta en la gloría por estar allí la caridad en su cumplida perfección, como dice San Pablo (1. ad. Cor., cap. 15.), infiera el devoto con qué cuidado solicitará de Dios nuestro bien, reinando en la gloria, quien viviendo en la tierra así deseaba el bien del prójimo y la salvación de las almas.

   Para lograr más oportunamente la intercesión de los Santos, suelen los fíeles ejercitarse por espacio de nueve días en devotas oraciones, que por su duración llaman comúnmente novenas, cuyo ejercicio es tan recomendable como provechoso y eficaz, pues como afirma el apóstol Santiago: Son de mucho valor las deprecaciones continuadas de los justos (Episl. Jac. cap. 5, v. 17.).

   Para este efecto se ofrece a la piedad de los fieles la presente Novena, no porque otras muchas de la misma Santa que hay impresas dejen de ser muy a propósito para implorar su patrocinio, sino para más abundancia, y para que entre todas elija el devoto la que más le haga al caso, y mueva más su voluntad en orden a este efecto. Lo cual todo ceda en mayor honra y gloria de Dios, obsequio y culto de tan prodigiosa y seráfica virgen y aumento de su devoción en el corazón de todo cristiano.


DISPOSICIÓN,

ORDEN Y TIEMPO PARA HACER ESTA NOVENA


   El que desea y pretende lograr de Dios, por intercesión de los Santos algún beneficio temporal o espiritual, de tal manera ha de disponer su alma y purificar su conciencia, dice San Agustín, (D. Aug. Serm. 47, de Sanct.) que no solo merezca conseguir la gracia o favor que desea, sino que imitando sus virtudes se haga digno de lograr como ellos la gloria; por que como afirma el venerable Beda (Bed. apud. Alap. Ep. Jac 4, 25.), mal pide a Dios el que no procurando ajustarse a sus obligaciones quiere conseguir de su Majestad algunos beneficios.

   Por tanto, el devoto que hace o pretende hacer esta novena para lograr mediante ella la intercesión de la gloriosa Madre Santa Teresa de Jesús, lo primero que ha de procurar ha de ser poner cuidado durante los nueve días, en observar con solicitud los mandamientos divinos; poniendo gran diligencia en traer arregladas a la razón sus pasiones y apetitos. Lo segundo procurará confesar y comulgar en alguno de los días de la Novena, cuya diligencia será bien practicarla el primer día, o antes de comenzarla, si siente gravada su conciencia con alguna culpa mortal. Lo tercero procurará en todos sus pensamientos, palabras y obras buscar siempre la mayor honra y gloría de Dios, a imitación de la Santa, la cual decía de sí: (Ep. Jacobi, 4, v. 5.) Me parece ser honra mía que nuestro Señor sea alabado, y ninguna cosa se me da por lo demás. Esto sabe El bien, o yo estoy muy ciega, que ni honra, ni vida, ni gloria ni bien ninguno en cuerpo y alma hay que me detenga, ni quiera, ni desee mi provecho sino su gloría; y finalmente, ha de procurar que el favor que pretende alcanzar de Dios por intercesión de la Santa no sea desagradable a su Majestad, o poco conducente para el bien de su alma, porque en este caso esté cierto que no lo conseguirá; no porque la Santa sea poco poderosa para conseguirnos de Dios muchos beneficios, sino porque como dice el Apóstol Santiago (Ep. Jacobi, 4, v. 3.): El no conseguir lo que pedimos es porque pedimos mal. Y de cualquiera manera deberá resignar en la voluntad de Dios sus peticiones, aprendiendo de Platón, que, aunque filósofo gentil, hacía así oración a sus falsos dioses: Oh Júpiter, danos lo que nos conviene, aunque no te lo pidamos; y aunque con error o ignorancia te pidamos lo contrario, no nos lo concedas. El tiempo oportuno para hacer esta Novena será aquél en que el devoto se halle con alguna aflicción o trabajo, o desea conseguir algún especial favor por intercesión de la Santa.

   No ocurriendo esto podrá hacerse dos veces al año; esto es, desde el día 19 hasta el 27 de agosto, en que la Iglesia celebra la Transverberación de su corazón seráfico, y desde el día 6 hasta el 14 de octubre, un día antes de su festividad que es el 15 de octubre.



NOVENA A SANTA TERESA DE JESÚS, FUNDADORA DE LA ORDEN CARMELITA DESCALZA



—Puesto de rodillas delante de algún altar o imagen de la gloriosa Santa Teresa de Jesús, levantará el corazón a Dios, haciéndose presente a toda la Santísima Trinidad; y habiendo hecho la señal de la cruz…


Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.


 … se dirá con el mayor fervor y devoción que pueda, la oración siguiente:


ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS,

QUE SIRVE DE ACTO DE CONTRICIÓN


   Amabilísimo Jesús, dulcísimo Redentor mío, Padre de misericordias, postrado a vuestros pies, confieso, Señor, y aborrezco de todo corazón mis culpas.

   Pésame, Dios mío, de haberos ofendido, por sólo ser Vos quien sois. Creo firmemente todos los misterios y artículos de la santa fe católica. Amóos con todo mi corazón, y quisiera amaros como os aman los serafines del cielo. Espero en vuestra infinita misericordia. Yo os ofrezco todos mis pensamientos, palabras y obras, especialmente esta Novena, para mayor gloria vuestra y obsequio de la gloriosa virgen Santa Teresa de Jesús. Confío, Señor, que por vuestra divina bondad todo lo recibiréis en mayor servicio vuestro, y me daréis gracia para llorar con verdadera contrición mis culpas, y perseverar en vuestro divino amor hasta el fin de mi vida. Amén.


—Después dirá la oración siguiente, que sirve para todos los días:


ORACIÓN A SANTA TERESA


   Gloriosísima madre y seráfica virgen Santa Teresa de Jesús, esposa amante de Jesucristo, hija muy amada de la madre de Dios, vigilante reformadora de su sagrada orden del Carmen, ángel purísimo en la admirable candidez del alma y cuerpo, iluminado querubín en celestial sabiduría, y serafín abrasado en amor de Dios; a vuestras virginales plantas llego, solicitando vuestra piedad en esta Novena. Bien quisiera haber empleado toda mi vida en imitar vuestras heroicas virtudes, para que así fuese digno de que intercedieseis por mí ante la Divina Majestad, para que yo emplee lo que resta de mi vida en disponer mi alma para conseguir una feliz muerte. Pero, aunque no soy digno de que lleguen a vuestros oídos mis súplicas, confío en que vuestros elevados méritos han de inclinar la divina clemencia, para que yo logre el cumplimiento de mis deseos y peticiones. Ruegoos, gloriosa virgen, os dignéis aceptar el corto obsequio que os ofrezco en esta Novena, y alcanzadme de vuestro divino esposo la gracia y favor que en ella os pido, si conviene para mayor honra y gloria suya, obsequio vuestro, y bien de mi alma. Amén.


—Dicha esta Oración levantará el corazón a Dios y pedirá a su Majestad la gracia o favor que desea conseguir por intercesión de la gloriosa virgen Santa Teresa de Jesús, con mucha fe y confianza de que se lo concederá el Señor, si conviene para el bien de su alma. Después dirá la Oración siguiente…

DÍA PRIMERO —6 de octubre.


ORACIÓN A DIOS


   Omnipotente Dios. Rey supremo de todo lo criado, que para desterrar del corazón humano la tibieza en serviros, y para enfervorizar las almas en la virtud, infundisteis en el corazón de la seráfica virgen Santa Teresa de Jesús tan fervoroso aliento en los primeros pasos de su vida, que, no teniendo más de siete años, ya la animaba tan grande espíritu, que abrasada de caridad salió de casa de sus padres, caminando a tierra de moros para que la quitasen la vida por vuestro amor, y por la salvación de las almas; y no habiendo logrado tan feliz suerte, derramaba tiernas lágrimas. A Vos, Dios mío, doy infinitas gracias por los ardores tan tempranos con que ilustrasteis a esta heroica virgen, haciendo que luciese en ella el fuego de vuestro amor antes que el rayo de la perfecta discreción; y os suplico que por su intercesión y méritos comuniquéis a mi alma este fervor, para que ya que en mis primeros años antes os ofendí que aprendiese a amaros, en lo restante de mi vida degüelle mis pasiones con la espada de vuestro santo temor y llorando amargamente mis culpas, sólo me emplee en lo que más convenga a vuestro sentó servicio y bien de mi alma. Amén.


—Acabada esta Oración rezará tres veces el Padre Nuestro y Ave María con el Gloria Patri, en honra y gloria de la Santísima Trinidad, y en nacimiento de gracias por los particulares favores que hizo nuestra Madre Santa Teresa de Jesús.


GOZOS

DE LA SERÁFICA VIRGEN Y MÍSTICA DOCTORA

SANTA TERESA DE JESÚS.


Por tu seráfico ardor

Del Carmelo eres Princesa:

¡Oh soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Morir siendo niña intentas

por la gloria de tu amado;

pero no africano airado

puso en tí manos violentas.

El darte palma mejor

fué del amor dulce presa:

¡Oh soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Violentado el natural

en contienda belicosa,

te consagras por Esposa

del Príncipe celestial

Exhalar busca tu ardor

los Vesubios que represa:

¡Oh soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Tal volcán tu corazón

reconcentra, y tan fogoso,

que dulcemente envidioso

le hiere angélico harpón,

Como en él triunfó el amor

de su fuego fué pavesa:

¡Oh soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Cual vara a Ester misteriosa

un clavo te alarga Cristo;

y con pasmo poco visto

te dice: ya eres mi Esposa.

Que celes, dice, su honor,

y en su celo te interesa.

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Al Sacro monte Carmelo

ilustras con nuevas flores;

y renuevas sus verdores

con infatigable anhelo.

Debe a tu heroico valor

los rigores que hoy profesa.

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Tanta es tu sabiduría,

y tal doctrina atesora,

que te acredita doctora

en mística Teología.

De tus libros el primor

a todo sabio embelesa:

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Con un collar misterioso,

y ropa de gran belleza,

acreditan tu pureza

María y su casto Esposo.

Angélico es tu candor,

pues hasta el Cielo lo expresa:

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

Las tres Personas divinas

forman solio en tu interior,

acrecentando el favor

con expresiones muy finas.

Por gracia de ese tenor

grande el mundo te confiesa:

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!

 

El amor su flecha toma

para quitarte la vida;

y tan diestro fué en la herida,

que la transformó en paloma.

Más fuego busca tu ardor

volando a la empírea mesa:

Por tu seráfico ardor,

Del Carmelo eres Princesa:

¡Oh Soberana Teresa,

quién no admira tu fervor!


LAUS DEO


ANTIFONA: Intenté tomar una esposa para mí; En otras palabras, ella es la maestra de la disciplina de Dios y la conductora de sus obras.


. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu Padre.

. Y el Rey codiciará tu belleza.


ORACIÓN


   Escúchanos, Dios nuestro salvador, para que nos regocijemos en la Fiesta de la Bienaventuranza, Teresa, tu Virgen y Madre nuestra; para que seamos nutridos de sus doctrinas celestiales y entrenados en el afecto de la piedad y la devoción. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.


En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.

sábado, 15 de octubre de 2022

NOVENA EN HONOR Y OBSEQUIO DE LA CASTÍSIMA VIRGEN, SERÁFICA DOCTORA Y EXTÁTICA MADRE SANTA TERESA DE JESÚS.


Escrito por EL P. Fr. DIEGO JOSÉ DE CADIZ Misionero Apostólico, del Orden de Menores Capuchinos de N. S. P. S. Francisco, de la Provincia de la Inmaculada Concepción de nuestra Señora, en los Reinos de Andalucía. Impresa en Sevilla año de 1796; en Murcia año de 1815, y en Cuenca año de 1828, a expensas de un devoto.

 

 

Don Jacinto Rodríguez Rico, dignísimo Obispo de Cuenca concede 40 días de Indulgencia a todos los fieles que hiciesen esta Novena, rogando a Dios por las necesidades de la Iglesia y del Estado.

 


FESTIVIDAD: 15 DE OCTUBRE. 



ALAVADA SEA la Santísima Trinidad.

DÍA PRIMERO.

EJERCICIO.

   En este día será el ejercicio confesar y comulgar devotamente para mejor disponerse a conseguir la protección de La Santa Madre, con respecto al fruto espiritual de esta Novena, y al remedio de la necesidad porque particularmente se hace.

   —Llegada la hora señalada para empezarla se persignará, y se preparará con un fervoroso acto de contrición, y después leerá si cómodamente pudiere la siguiente

CONSIDERACION.

   Considera, alma, la sublime perfección de la Madre Santa Teresa de Jesús en la observancia de la Divina Ley y la obligación en que estamos de imitar su ejemplo en esta parte para poder salvarnos.

PUNTO PRIMERO

   Considera pues, y trae a la memoria el singular esmero con que procuró la Santa arreglar su vida por el tenor de la Ley Santísima de Dios, mediante el más exacto cumplimiento de sus Divinos preceptos. Entendió muy bien desde luego, no sin superior ilustración, que en todos y en cada uno de ellos se prohíbe lo que es pecado, y se manda la virtud opuesta; y hecho cargo de que igualmente lo uno que lo otro es necesario y preciso para santificarse el alma con su debida observancia, puso su mayor esmero en caminar por la senda rectísima de estos Mandamientos, sin declinar o separarse de ella en tiempo alguno. Jamás los quebrantó con culpa grave, ni por el pecado de su transgresión incurrió en la indignación del Señor, ni le fué por él en tiempo alguno desagradable; antes bien por su exactitud en guardarla mereció las más copiosas bendiciones del Soberano Legislador, y que en todo la prosperase, hasta hacerla una de sus más predilectas y señaladas Esposas en el número de sus Santos y escogidos. Nunca manchó su alma con el pecado mortal, y siempre conservó limpio el candor de aquella blanca tónica, que como a los demás cristianos le pusieron en el bautismo, encargándole que cuidase de presentarla pura y sin mancha en el rectísimo Tribunal de Dios cuando en el compareciese, como en efecto así fué. A esta particular y recomendable excelencia agregó la de cumplir con la mayor puntualidad cuanto el Señor en estos sus Mandamientos nos impone, y tiene determinado que se haga.

   Fué intensísimo su amor a Dios, continuo su cuidado de honrar, alabar y engrandecer su Santo Nombre, y ferviente su conato de servirle, adorarle y darle culto en todo lugar y tiempo, en espíritu y verdad, dirigiendo a su mayor honra y gloria sus obras, palabras y pensamientos, para de todos modos agradarle, y cumplir su santísima voluntad. Fué amantísima de sus próximos, y lo acreditó con sus hechos, ordenados siempre a beneficio de todos, así propios como extraños, tanto amigos como enemigos, ya justos, ya pecadores, fuesen mayores o Inferiores, súbditos o iguales; porque en todos miraba a Dios, por quien, en quien, y para quien los amaba. Y fué por último exactísima en el cumplimiento de las obligaciones de su estado y de su profesión; porque no ignoraba ser esta una parte esencialísima de la Divina Ley, con que debía santificarse, para que, caminando de esta suerte de virtud en virtud, subiese a la cumbre de la más alta perfección, hasta llegar en esta vida a la unión con Dios, y a ver y gozar después de ella al que es Dios de los Dioses en la hermosa Sion de la eterna Bienaventuranza.

PUNTO SEGUNDO

   Pasa de aquí, oh alma, a considerar cuanta es esta obligación en ti, y cuan imposible te es el salvarte sin cumplirla. La Ley Santísima de Dios es la primera y más esencial regla por donde todos sin diferencia alguna de estado, de condición, o de sexo debemos arreglar nuestras vidas, y ordenar nuestras, acciones, palabras y pensamientos. Es la ciencia de los Santos, y de todo fiel cristiano, según la cual debemos ser instruidos y enseñados para proceder con acierto y sin error en lo que hubiéremos de hacer. Y es el camino preciso, y el medio más necesario para conseguir el último fin de la eterna salvación para que somos criados. Su autor no es otro que Dios Todo Poderoso, de quien habemos recibido el ser, la conservación, y todo cuanto tenemos y podemos, o esperamos tener en esta vida y en la eterna. Aquel en quien somos, vivimos y nos movemos, y que puede si quiere en un solo instante aniquilarnos y reducirnos a la nada de que nos sacó cuando se dignó criarnos a su imagen y semejanza. El mismo a quien obedecen todas las criaturas del Cielo y de la Tierra, guardando aquel orden, sucesión, y movimiento que les impuso como ley, cuando les dio el ser que tienen. Este al tiempo de formarnos y de darnos un alma racional, nos impuso leyes y preceptos que hubiésemos de guardar inviolablemente, proponiéndonos premios y castigos fuego y agua, vida y muerte, para que extendamos la mano a lo que quisiéremos de esto. Si guardaremos sus Mandamientos ellos nos conservarán en la vida de la gracia, y por el agua Viva del Espíritu de Dios seremos de tal suerte purificados, que enriquecidos de méritos logremos los grandes premios de la eterna felicidad a que aspiramos. Mas, por el contrario, si los quebrantamos y no nos arrepentimos, seremos reos de muerte perdurable, y merecedores del atroz castigo del fuego inextinguible que jamás ha de acabarse.

   De aquí se infiere que si habemos de salvarnos nos es del todo preciso el guardar los Mandamientos. Sin esto ningún pecador puede hacer condigna penitencia, ningún justo puede permanecer en gracia, y a ninguno se le darán los bienes de la gloria. Dios ha mandado que guardemos con toda exactitud sus Divinos Mandamientos. (Salm. 118, 4) De aquí nuestra necesidad de temer al Señor, y de guardar sus Mandamientos, porque en esto esencialmente consiste todo hombre, (Eccle. 12, 13) De aquí nuestra obligación estrechísima de aborrecer el pecado, huir de él como de una víbora, igualmente que, de las ocasiones de cometerlo, y además tratar de borrarlo con verdadera penitencia, si en él hubiésemos incurrido. Y de aquí la precisión de haber de santificarnos con las virtudes que en ellos se nos mandan, compendiadas todas en la caridad con Dios y con el prójimo, y con el cumplimiento más puntual de las peculiares obligaciones de nuestro estado y oficio. De otra suerte será imposible salvarnos, porque tiene fulminada el Señor su divina maldición, y sus más terribles Anatemas contra todos aquellos que no permanecieren constantes en obrar cuanto en su Ley Santa se contiene, (Galat. 3, 10). Aprende el modo de observarla: de los heroicos ejemplos de la Madre Santa Teresa de Jesús, toma la firme resolución de imitarla; y pídele te alcance del Todo Poderoso la gracia especial, y los auxilios que para ello necesitas: porque dice el Espíritu Santo, que son malditos del Señor los que declinan de la guarda de sus Mandamientos (Psalm. 118, 21)

—Esto se meditará un poco si cómodamente se pudiere, y después se dirá con devoción la siguiente…

ORACION PARA TODOS LOS DÍAS.

   Incomprensible Señor, y Dios Eterno, Uno en Esencia y Trino en Personas, mi Criador, mi Salvador y mi Padre amabilísimo; en quien creo, en quien espero, y a quien amo de lo íntimo de mí corazón sobre todas las cosas: postrado en vuestra soberana presencia os adoro, os bendigo, y os alabo por vuestro ser inefable por vuestras perfecciones infinitas y porque siempre os habéis manifestado en vuestros Santos admirable. Yo os doy gloria, magnificencia y alabanza porque entre los demás os dignasteis escoger a vuestra fidelísima Esposa, y predilecta Sierva Santa Teresa de Jesús, para que como astro fulgentísimo brillase en el Cielo de vuestra Santa Iglesia, y la ilustrase con la luz de su Celestial doctrina, y admirable sabiduría con el raro ejemplo de sus heroicas Virtudes, y altísima perfección; y con la excelencia de los divinos dones, sobrenaturales gracias, y prerrogativas singulares con que enriquecisteis su alma benditísima; y os suplico, que por su poderosa intercesión, y por los infinitos merecimientos de vuestro Unigénito Hijo mi Redentor, me concedáis el perdón de mis pecados, y el fruto de esta Santa Novena en el remedio de mis necesidades, en la enmienda de mi vida , y en la imitación de sus virtudes, para que siendo mi muerte en vuestra gracia, os alabe después eternamente en el Cielo. Amén.

—Seguida a esta se dirá como propia de este día la siguiente

ORACION.

   Ejemplarísima, virtuosísima, religiosísima y admirable Madre, y protectora mía Santa Teresa de Jesús, fidelísima Esposa del Inmaculado Cordero mi Señor Jesucristo, nuevo ornamento de su Iglesia, Maestra de los Sabios, Directora de los Místicos, vivo ejemplar de los perfectos; restauradora de la piedad, propagadora de la religión, y celadora del honor de Dios. Yo os venero con todo mi corazón, y atraído del suavísimo olor de aquella eminente santidad, con que observando perfectísimamente los divinos Mandamientos, conservasteis siempre en vuestra bendita alma el candor de la inocencia bautismal; sin mancharlo jamás con culpa grave, llenasteis fielmente todos los deberes de vuestras obligaciones, y practicasteis con altísima perfección lo heroico de las virtudes; deseo eficazmente el imitar vuestros ejemplos, y por este medio hacerme digno de vuestra intercesión para con el Todo Poderoso. Alcanzadme pues esta gracia del Señor para que nunca le ofenda, para que fielmente le sirva guardando sus divinos Preceptos, y cumpliendo con exactitud las obligaciones de mi estado, y para que además del especial favor que le pido por vuestro medio en esta Novena, me conceda el morir santamente para después verle y gozarle eternamente en el Cielo. Amén.

—Ahora se rezarán tres Padre Nuestros y Ave Marías gloriados en memoria de la altísima perfección, de las singulares gracias, y de las demás sobresalientes prerrogativas de la Santa Madre, pidiendo a Dios por sus méritos el remedio de las necesidades de la Santa Iglesia, de la de nuestra Monarquía, de las de todo el Pueblo cristiano, y cada uno por el de su especial necesidad, y se rezarán por este orden.

COPLAS.

   Eminente en santidad

Llegó vuestra perfección

Hasta el grado de la unión

Con la excelsa Majestad.

Padre nuestro.

   Os amó Dios en tal grado,

(Privilegio es sin segundo)

Que a no haber criado el mundo

Por vos lo hubiera criado.

Padre nuestro.

Lo que pides al Señor

Sabemos que no lo niega,

Por todos nosotros ruega

Se digne darnos su amor.

Padre nuestro.

   Todos pues os suplicamos

Con instancia humilde y fuerte

Que en la vida y en la muerte

Tu protección consigamos.

— Ruega por nosotros bendita Madre Santa Teresa.

—Para que alcancemos de Cristo sus bendiciones y sus promesas.

Aquí con el mayor fervor pedirá cada uno a Dios por intercesión de la Santa Madre la gracia particular que desea conseguir.

ORACION TERCERA PARA TODOS LOS DIAS.

   Benignísimo Jesús, Salvador, Padre, y Redentor mío amabilísimo, que teniendo vuestras delicias con los hijos de los hombres vuestros escogidos, os dignasteis de tenerlas muy singularmente con vuestra dilectísima y escogida Esposa Santa Teresa, haciéndola archivo de vuestros secretos, depósito de vuestros dones, instrumento de vuestra misericordia, celadora de vuestro honor, firmísima columna del espiritual edificio de vuestra Iglesia, confusión de los Herejes, delicias de los Católicos, oráculo de los Justos, y poderosísima Protectora de sus devotos para conseguirles de vuestra Majestad el remedio de sus necesidades. Yo os suplico, Señor, por vuestros infinitos merecimientos, por lo mucho que os agradaron los de esta vuestra amada, y favorecida Sierva, por los extraordinarios favores, singularísimas gracias, y especiales prerrogativas con que la adornasteis de no negarle cosa alguna de lo que os pidiere, que me concedáis todo lo que en esta Novena os suplico por su medio, si fuere de vuestro Divino agrado, y conviniere para el mayor bien, y para la salvación eterna de mi alma. Amén.

—Se concluirá con una Salve a María Santísima nuestra Madre y Señora del Carmen en sufragio de las benditas Almas del Purgatorio, y para que se digne asistirnos en la hora terrible de nuestra muerte, alcanzándonos del Señor el necesario auxilio de la gracia final.

DÍA SEGUNDO

EJERCICIO.

   Este día para imitar en algo la obediencia de la Santa Madre, se tendrá un particular cuidado de no faltar a cosa alguna que se nos mande, y de cumplir con exactitud aun las más pequeñas obligaciones de nuestro estado.

   —A la hora competente, y antecediendo la común preparación de signarse con la Santa Cruz, y hacer el acto de contrición con la devoción posible podrá leer si gustare la siguiente:

CONSIDERACION:

   Considera, alma, cuan perfecta y heroica fué la Obediencia de la gran Madre Santa Teresa de Jesús; y cuan necesaria le es al cristiano esta virtud para poder salvarse.

PUNTO PRIMERO.

   Considera pues la altísima perfección con que practicó los dos actos, en que consiste necesariamente esta Virtud; y son la absoluta negación de la propia voluntad, y la total entrega de esta en la de los Superiores. Sabía muy bien que la negación propia, es lo primero que exige nuestro Señor Jesucristo de los que resuelven seguirle por el arduo camino de la Evangélica perfección; y conociéndose llamada a esta, puso su mayor conato en no hacer su propio gusto, o su querer en cosa alguna. Por el contrario, trabajaba incesantemente por vencer su propia inclinación, y con un fervor increíble se propuso seguir fielmente el admirable ejemplo de Cristo nuestro Redentor que decía, no haber venido al mundo para hacer su propia humana voluntad, si no a cumplir entera y únicamente la de su Eterno Padre. Tanto fué lo que adelantó por este medio que llegó hasta el grado de parecer que no tenía propia voluntad; y aun subió al arduo y difícil de ser ájenos y no suyos sus actos, porque lo eran o del Soberano impulso de la gracia interior que le movía, o de la intención, consejo y beneplácito del Prelado, del Director que la gobernaba, obedeciendo a este tanto como al mismo Inmenso Dios, dice la historia de su vida (Lib. 3. cap. 3). Rara fué y admirable esta parte su obediencia, porque fué absoluta y perfectísima la negación de sí misma con que supo ejercitarla, cautivando en su obsequio no solo su voluntad, mas también su grande entendimiento.

   Parecía vivir de la voluntad de sus Superiores, porque les había entregado tan perfectamente el gobierno de la suya, que nada hacía si no lo que aquellos le ordenaban. Obedecíales no solo con la más exacta puntualidad y con la mayor presteza, mas también con júbilo y alegría de su alma, no menos en las cosas arduas, difíciles, y al parecer repugnantes, que en las fáciles o que pudieran ser de su gusto. Su obediencia llego hasta la perfección de llenar completamente la intención y la voluntad de las que la gobernaban, tanto en lo que expresamente le mandaban o cuanto en lo que conocía que fuese su voluntad, su intención y sus deseos. No podemos dudar que llegó a la cumbre de la heroicidad en la práctica de esta virtud, porque antepuso esta más de una vez a la luz de la Celestial revelación particular con que había sido favorecida; porque decía, que, en esta, por cierta que le pareciese, podía caber algún engaño, y en obedecer estaba cierta que no lo había. Aquí se vio anteponer a las víctimas la obediencia; o por mejor decir, realzar el mérito de esta con el sacrificio de sujetar a ella aquellas soberanas ilustraciones, que había del Cielo recibido.

PUNTO SEGUNDO

   Considera, alma mía, la obligación que todos tenemos a obedecer, negando nuestra propia voluntad, y sujetándonos a la de nuestros respectivos Superiores para poder salvarnos. Es la propia voluntad el mayor enemigo que tenemos, porque ella es la que nos derriba en el pecado, la que nos aparta del amor a nuestro Señor Jesucristo, y la que nos priva de su gracia, de su amistad, y de la participación de sus méritos infinitos, mientras que permanecemos en la culpa. Ella hace que amándonos desordenadamente pongamos el corazón en la delicia del mundo, en los gustos de la carne, y en todo lo que es sensual deleitable, y conforme a la Inclinación de nuestros desordenados apetitos. Y ella es con la que resistimos a Dios desatendemos sus inspiraciones, y dejamos inútiles los impulsos de su gracia, haciendo más de una vez efectivo el poder que en ella hay para malograr, o no corresponder a los auxilios más eficaces con que el Señor nos favorece. Por esto decía el Padre San Bernardo, que solo la propia voluntad es la que arde en el inferno, y que el medio para no caer en él es quitar aquella, mediante la negación propia (Apud. S. Bonav. Regul. Novitior, cap. 13) porque sin esto no es posible practicar la Evangélica Doctrina, en que nuestro Señor Jesucristo así lo exige de nosotros, para poder seguirle y salvarnos.

   Esta no será en manera alguna suficiente mientras que no obedezcamos fielmente a nuestras Cabezas y Superiores. Lo son nuestros Padres naturales, y todos los que con este nombre se comprenden en el cuarto precepto de la Ley Santísima de Dios. Tales son los Reyes, y Señores temporales en cuyos territorios vivimos: los Tribunales, los Jueces, y las Justicias que nos gobiernan, con los Magistrados y Cabezas de los Pueblos en que habitamos: los Maestros que nos enseñan las letras, o algún arte y oficio, no menos que todos los mayores en edad, en dignidad, o en el empleo; y sobre todo los Sacerdotes, y Padres espirituales en sus respectivos grados y jerarquías. A todos estos, guardando la debida proporción, debemos siempre respetar y obedecer, porque Dios así lo ha dispuesto, poniendo este buen orden en el mundo desde sus principios. Por esto el que resiste o se niega a someterse a la potestad del Superior, resiste a lo que nos tiene Dios ordenado en su Santa Ley, y el que así resiste se hace reo de la eterna condenación de su alma, (Roman, 13, 3) Porque es este un pecado tan enorme, que el Espíritu Santo lo equipara a los de la Idolatría y Hechicería, para darnos a conocer su gran malicia, y cuan justamente son reprobados los que permanecen hasta la muerte en esta culpa. Toma y sigue con fidelidad el heroico ejemplo de obediencia que nos dio la bendita Madre Santa Teresa para poder salvarte, y pídele te alcance de Dios con sus ruegos, que a imitación suya y del Divino Salvador seas obediente hasta la muerte como él lo fué, y nos manda que lo seamos a toda humana criatura por su amor. 

—Esto se meditará un poco si se pudiere: se dirá después la Oración Incomprensible Señor, y concluida se dirá la siguiente

ORACION.

   Obedientísima, rendidísima, y prudentísima Virgen y amada Madre mía Santa Teresa de Jesús. Vos sois aquella fiel Hija del Dios de la Majestad, que inclinando el oído de la razón a la voz suave de su Divina inspiración le obedecisteis fielmente, siguiendo sin tardanza su santísima voluntad con la perfecta negación de la vuestra. Vos la que a ejemplo de nuestro Redentor obedecisteis humilde a toda humana criatura por su amor sin distinción alguna. Y vos la que uniendo vuestra voluntad en todo y por todo a la del mismo Señor, llegasteis a tanta perfección, que hicisteis por un modo admirable su divino beneplácito, cumpliendo el de vuestros Prelados y Directores; viéndose en vos una obediencia ardua como la de Abraham, pronta como la de Samuel, generosa y universal como la de los Apóstoles; yo os suplico humildemente, que pues su Majestad en premio de vuestra perfectísima negación os prometió hacer vuestra voluntad, no negándoos cosa alguna que le pidiereis, que os dignéis rogarle eficazmente, que me conceda el imitaros en esta y en las demás virtudes; el especial favor que por vuestra Intercesión le pido en esta Novena, si fuere de su divino agrado, y que cumpliendo en la tierra su santísima voluntad mientras que viva, pase después a cumplirla mejor con los Bienaventurados en el Cielo. Amén.

—Ahora se rezan los tres Padre nuestros y Ave Marías gloriados, y se sigue lo demás hasta concluir como en el primer día.

DIA TERCERO

EJERCICIO.

   Para imitar en algún modo el amor o la Pobreza de la Santa Madre se dará una limosna decente a una familia, o pobre vergonzante; y el que no pudiere darla rezará algo pidiendo a Dios el socorro de aquel necesitado.        

   —A la hora competente, habiéndose preparado como en los días antecedentes leerá con atención la siguiente…

CONSIDERACIÓN.

   Considera, alma la heroica Pobreza de la Madre Santa Teresa de Jesús; y cuál ha de ser esta virtud en los cristianos para que puedan salvarse.

PUNTO PRIMERO

   Considera pues, como el extremado amor que tenía a esta virtud la Santa Madre, le hizo despreciar todas las cosas de la tierra, y proponerse   por modelo y ejemplar la de nuestro Señor Jesucristo para imitarla en cuanto pudiese. Nada amaba, ni quería, ni solicitaba de los bienes temporales, o que llaman de fortuna: aborrecía las riquezas, despreciaba las abundancias, y miraba con horror las superfluidades. Aun lo preciso le parecía alguna vez demasiado: y entonces se llenaba de júbilo su alma, cuando se veía carecer, de las cosas necesarias. No se hallará por cierto codicioso alguno tan apasionado y ansioso de los tesoros, del dinero, del oro, y de la plata, como lo fué la bendita Madre de la escasez, y de la indigencia, que son propias de la más estrecha pobreza. Fué verdaderamente perfectísima pobre de espíritu, porque siendo Dios todo su tesoro, y su porción y abundancia no otra que la guarda más exacta de su Divina Ley, se hizo digna de que la enriqueciese abundantísimamente de sus divinos preciosísimos dones, aquel mismo por cuyo ejemplo y amor había propuesto la opulencia a las penurias de la voluntaria mendicidad.

   Esta virtud se le hacía tanto más amable y fácil de practicar, cuanto consideraba el admirable y eficaz ejemplo del que siendo por naturaleza rico, por ser único y absoluto dueño de los Cielos y la Tierra, se hizo voluntariamente pobre por nosotros, para hacernos ricos con el mérito de esta excelentísima virtud. Mirabais en el pesebre, y en la Cruz: en las penalidades de su vida, y en el desamparo de su muerte: en el trato particular de su persona, y en su conducta como Cabeza y Superior de la comunidad de los Apóstoles: y no hallando en todo esto otra cosa que ejemplos de moderación, de pobreza, de olvido, y desprecio de todo lo transitorio y temporal, corrió con agigantado espíritu en su secuela, y llegó en su imitación hasta la eminente cumbre de su Apostólica y Evangélica perfección. A esta misma subió por la práctica de la pobreza de espíritu, según toda la extensión con que la persuade y aconseja el mismo Señor en su Sagrado Evangelio. Así se hizo benemérita de unirse, y de poseer completamente al que lo es todo, renunciando por su amor sin reserva alguna, lo que verdaderamente es nada; porque la eminente ciencia con que la ilustró nuestro Señor Jesucristo la hizo conocer como a San Pablo, que todo lo temporal debía reputarlo por basura contentible para hacerse digna de poseer a Cristo.

PUNTO SEGUNDO

   Aquí puedes considerar, cuan necesaria le es al cristiano la pobreza de espíritu, y el riesgo manifiesto de perderse en que se halla su alma, por lo contrario. Consiste pues aquella en el desprendimiento interior de todos los bienes de fortuna, y en quitar el amor de las riquezas o abundancias que Dios diere: en no abusar de ellas para gastos pecaminosos de lujo, diversiones profanas, y pleitos injustos, ni en fomento de las pasiones de lujuria; de ambición y de soberbia. Es precepto Divino que no pongamos el amor en las abundancias, ni en los tesoros de la tierra; porque siendo necesario amar a Dios sobre todas las cosas, será esto imposible si amamos desordenadamente las riquezas. No es posible servir a un mismo tiempo a dos señores entre sí opuestos y contrarios, como lo son Dios y el dinero; porque el amor de nuestro corazón ha de estar precisamente, donde estuviere nuestro tesoro. Son espinas las riquezas según el Santo Evangelio; y si no quitamos de ellas la voluntad y la afición; será esto bastante para que se malogre, y para que no fructifique en el alma el grano de la Divina gracia que pone Dios en ella para salvarla. Terrible pero infalible verdad.

   No lo es menos la del riesgo cierto y manifiesto de perderse en que se halla todo aquel que se deja dominar del vicio de la codicia. Los que desean hacerse ricos, dice el Espíritu Santo, caen en la tentación y en el lazo de Satanás, y en muchos deseos inútiles y perniciosos, que llevan al hombre a su muerte, y su perdición (1Timot. 6, 9). Entre todos los pecados no hay otro peor, porque ninguna iniquidad es igual a esta de amar desordenadamente el dinero, (Eccli. 10, 9) Con ella suelen juntarse la soberbia del corazón, la dureza con el prójimo, y la impiedad para con Dios. El rico codicioso se engríe demasiado con su fortuna, se olvida y desatiende comúnmente la necesidad ajena, y no repara en atropellar la Ley Santísima de Dios, ni en despreciar los Soberanos auxilios de la gracia, con tal de dar cumplimiento a su avaricia. La salvación de estos nos la propone el Evangelio como una cosa imposible, o en sumo grado dificultosa. (Math. 19, 24) Conócelo así para detestar y aborrecer este pecado. Resuélvete a seguir el ejemplo de la Madre Santa Teresa, y mucho más el de nuestro Señor Jesucristo, que nos enseñó el odio a las riquezas, el amor a la pobreza, y el modo de atesorar con ella inmensas abundancias en el Cielo, asegurándonos que son Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos, (Math. 5,3)

   —Esto se meditará un rato cuando se pudiere, se dirá la Oración incomprensible Señor, y seguida a ella la siguiente

ORACIÓN

   Amabilísima, benditísima, y veneradísima Madre y favorecedora mía Santa Teresa de Jesús, fiel imitadora de la altísima pobreza de los Apóstoles, y de la de su Divino Maestro nuestro Señor Jesucristo, por cuyo amor renunciasteis perfectísima entre todas las cosas, y le seguisteis en desnudez de espíritu, y de tal manera que fuera de él nada amabais, y nada poseíais. Por esto fuisteis no solo su escogida Sierva, y su amada Discípula, mas también su fina y regalada Esposa, enriquecida con la abundancia de sus dones, y de sus gracias más singulares: hermoseada con el más precioso adorno de todas las virtudes y galardonada con los inefables premios de la gloria de los santos, entre los que os hizo el Señor grande y admirable. Yo os suplico con todo el afecto de mi corazón, que atendiendo a la extrema necesidad en que mi alma se halla, os dignéis de interceder por mí al Todo Poderoso, para que me conceda el especial favor que pido en esta Novena, si fuere esta su santísima voluntad. Pero singularmente aparte mi corazón de todo lo terreno, para que amándole a él solo sobre todas las cosas en lo que me resta de vida, consiga el acabarla en su amistad y gracia para alabarle después eternamente en la gloria. Amén.

—Ahora se rezan los tres Padre nuestros, y todo lo demás como en el primer día.