Novena
escrita por el Padre Gabino Chávez Lanuza, con Imprimátur otorgado por el
Obispado de León (Guanajuato) el 18 de Marzo de 1895, que concedió 40 días de
Indulgencia por cada día de la Novena; y Mons. Ignacio Arcigas, Arzobispo de
Michoacán, otorgó por esta Novena 80 días de Indulgencia.
COMENZAMOS: 3 de diciembre.
FINALIZAMOS: 11 de diciembre.
FESTIVIDAD: 12 de diciembre.
NOVENA EN
HONOR A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Por
la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos,
líbranos
Señor
✠
Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠,
y del Espíritu
Santo. Amén.
℣.
Señor, abrirás mis labios.
℟.
Y mi boca anunciará tu alabanza.
℣.
Dios mío, entiende en mi ayuda.
℟.
Apresúrate, Señor, en socorrerme.
Gloria al Padre, al
Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y siempre, y por
los siglos de los siglos. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh Señor y Dios mío!, que has hecho notoria tu
salud, haciendo que por todo el universo se dé a conocer la Redención y se
predique la santa Fe en la cual nosotros tuvimos la dicha de nacer, y que has
revelado en presencia de todas las naciones, y delante de los ciegos gentiles la
gloria del Redentor, mira, Señor, cuán ingratos hemos sido a este grande
beneficio que a nosotros por medio de la Virgen María nos concediste, cuando se
dignó bajar a nuestro suelo a apresurar la conversión de estos pueblos
infieles, ablandando sus corazones y docilitándolos para que recibiesen la luz
de la Fe, con los inmensos bienes que a las almas comunica; yo te ruego, Señor,
que perdonando mi desagradecimiento y todos mis pecados, hagas también notoria
para mí tu salud, convirtiéndome de veras a tu amor y servicio, y la hagas
notoria en mí a los otros, para que ayude con mis buenos ejemplos a que mi
Salvador sea de todos amado y conocido; te pido que reveles la gloria del
Redentor con la conversión de los pecadores delante de las almas mundanas que, abandonando
las prácticas piadosas y apartadas de los sacramentos, parecen verdaderos
gentiles, sepultados en las sombras de la muerte y del pecado. Haz
nacer, Señor, para ellos y para mí, te lo ruego, la luz indeficiente, que,
recorriendo el profundo abismo de mi corazón, y posándose sobre las olas
agitadas del mar de mis pasiones, en mí habite, y en mí radique para pertenecer
de este modo a los escogidos que son heredad tuya. Así sea.
ORACIÓN PARA TODOS LOS
DÍAS
¡Virgen de Guadalupe, amada Madre mía! ¡Qué dulce es para un hijo el poder cantar con toda
confianza la gloria y la hermosura de su Madre! ¡Cuánto se goza al poder
aplicarte con la Iglesia las grandiosas palabras que de la Sabiduría eterna
están escritas! Sí, Señora y Reina de lo criado: desde el nacimiento del
sol hasta el ocaso, tu nombre, así como el de tu Unigénito, es grande en las
naciones. El suyo es infinitamente grande, como que es nuestro Dios, nuestro
Padre y Redentor, cuyo nombre es sobre todo nombre; mas el tuyo es inmensamente
grande, pues eres su verdadera Madre, como a Juan Diego le dijiste, y eres la
Reina del mundo, y el encanto de la tierra y la alegría de los cielos. Tú
habitabas con Jesús tu Hijo en las más encumbradas alturas, y tu trono estaba
colocado sobre una columna de luciente nube, cuando te dignaste ser encontrada
por los que no te buscaban, porque apenas te conocían, y no habían
experimentado la dulzura de tu bondad, ni la ternura maternal de tu amor, ni la
grandeza de tu misericordia. Aún no te interrogaban como hijos a su madre, que
les enseñe y les instruya; aún no se dirigían a la Madre de la luz y del
conocimiento, preguntándole por el camino que habían de seguir, y por las
verdades y máximas que debían practicar, y ya tuviste la dignación de
aparecerles en persona de uno de sus hijos, y aparecerles, no en enigma ni
escondida, sino llena de luz, y a las claras, dejando ver tu virginal
semblante, y respirar tu celestial aroma, y escuchar tu dulce y arrebatadora
voz. Sí, Madre mía, allí te vio el amado Juan, tan graciosa como la paloma que
sube de los ríos de las aguas, cuyo olor inestimable impregnaba sus vestiduras.
Allí te vio la última vez, cuando a manera de días primaverales, las flores de
los rosales y los lirios de los valles te cercaban, pues tu planta los había
hecho brotar de repente en el monte desierto. Y si a los hombres que aún no te
interrogaban, tan dulce y tan hermosa apareciste, también con tu presencia en
nuestro suelo respondes a los Ángeles que tres veces admirados preguntan: «¿Quién
es esta que va subiendo como la aurora al despuntar?» ...
¡Eres tú, oh hija de Sion, toda hermosa y toda
suave; como la luna, hermosa; como el sol, escogida! «¿Quién
es esta que cual varilla de humo aromático de mirra y de incienso, va subiendo
por el monte desierto?». ¡Es la hermosísima
paloma, la amiga y esposa del Dios eterno! «¿Quién es esta que como el
sol se adelanta, y viene con la belleza de la Jerusalén celeste, de dónde ha
salido para visitar a los hombres?». ¡Es la que vieron las hijas de Sion y feliz la llamaron las
almas de nobleza real, y la colmaron de alabanzas! ¡Oh Reina y Madre mía! Hoy
todos los términos de esta tierra, han visto la salud de nuestro Dios; todos
los confines de nuestra República han resonado con tus glorias, tus hijos han
entonado tus alabanzas, te han agradecido en el alma tus finezas; en
peregrinaciones han entrado a tu tabernáculo, y han adorado al Señor en el
lugar donde tus plantas se posaron. Y yo también con todos tus
hijos te visito, Madre mía; yo te alabo, yo proclamo tus glorias, yo agradezco
con todo mi corazón tus favores, y te pido me concedas el mayor de todos ellos,
que es el ir a conocerte y a amarte, y a alabarte, y contigo a gozar de Dios en
los cielos. Amén.
Antífona: Tabernáculo de Dios es María, colocado en
medio de su Ciudad, y no será conmovido. Ave
María.
℣.
Virgen de Guadalupe.
℟.
Ruega por nosotros.
Antífona: Tú has salido para la salud de tu pueblo;
para su salud has salido con Jesucristo tu Hijo. Ave María.
℣.
Virgen de Guadalupe.
℟.
Ruega por nosotros.
Antífona: Gloriosas cosas de ti han sido dichas, oh
Ciudad de Dios: el Señor te ha fundado sobre las santas montañas. Ave María.
℣.
Virgen de Guadalupe.
℟.
Ruega por nosotros.
Antífona: Una gran señal apareció en el cielo: era
una mujer cubierta por el sol, y la luna debajo de sus pies. Ave María.
℣.
Virgen de Guadalupe.
℟.
Ruega por nosotros.
Antífona: El pueblo que caminaba en tinieblas, vio
una gran luz; para los que habitaban en la región de la sombra de la muerte, la
luz les ha nacido. Ave María.
℣.
Virgen de Guadalupe.
℟.
Ruega por nosotros.
Gloria al Padre,
al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y
siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
℣.
Madre mía, a ti de lejos vendrán tus hijos.
℟.
Y de tu lado se alzarán tus hijas.
DÍA PRIMERO - 3 DE DICIEMBRE
ORACIÓN PARA EL DÍA
PRIMERO.
En tus labios, Madre
mía de Guadalupe, ha puesto la Iglesia las mismas palabras, que en otro
tiempo dijo el Señor, cuando se le erigió aquel magnífico templo por el rey
Salomón: «Yo escogí y santifiqué este lugar, para
que allí esté mi nombre y permanezcan mi corazón y mis ojos todos los días». ¡Qué tres dones tan
señalados! ¡Qué tres prendas tan dulces y preciosas! ¡Tu nombre, tu corazón y
tus ojos! ¡Tu nombre, de Guadalupe; tu corazón de Reina, y tus ojos de Madre! Déjame,
¡oh Reina y Madre!, valorizar estas prendas
que nos diste; déjame meditar sus excelencias y su precio. Tú escogiste y
santificaste el sitio de tus apariciones; benignamente lo escogiste entre todos
los sitios de la tierra para colmarlo de favores de gracias; lo escogiste
porque lo quisiste; lo escogiste porque lo amaste; lo escogiste por una
predilección inaudita e inmerecida. Y porque lo escogiste lo santificaste: lo
santificaste con tu celestial y santa presencia, con tus benignas y varias
visitas, como santificaste las montañas de Judá con tu visita a Santa Isabel;
lo santificaste, mandando erigir allí un Santuario y haciendo para él
dulcísimas promesas; lo escogiste y santificaste, para que allí estuviera tu
nombre, no sólo el nombre glorioso y bendito de María, Madre de Dios, sino el
nombre querido de Guadalupe, la nacida entre las peñas, porque quiere nacer
siempre por su amor y devoción en la dureza de nuestros corazones; la que
ahuyenta a los que nos devoran, pues ahuyentó entonces a los demonios y a los
ídolos, y ha seguido ahuyentando todos los males que devoran nuestro cuerpo,
las pestes que devoran nuestra vida, las inundaciones que devoran nuestras
ciudades, y los enemigos aún más terribles que se revuelven como leones
rugientes pretendiendo devorarnos. Escogiste y santificaste ese lugar para que
permanezca en él tu corazón de Reina Clementísima, tu corazón que se inclina a
perdonar a los reos, a acoger a los pecadores, a ayudar a los miserables, a
socorrer a los pobres, a consolar a los afligidos, a auxiliar a los cristianos;
tu corazón, que después del de Jesús, es el más tierno, el más benigno, el más
compasivo y el más generoso de los corazones. Escogiste el lugar y lo
santificaste, para que permanezcan allí, junto con tu corazón, también tus
ojos. ¡Oh, ojos dulces de Paloma sin mancha! ¡Oh,
ojos sencillos y puros que con sus miradas hicieron volar al Esposo, como dice
el divino Cantar! ¡Oh, ojos dulcísimos y misericordiosos! ¿Conque aquí nos los dejaste, Madre mía? ¿Conque en tu
imagen los tenemos, y misteriosamente bajos, no mirando como en Lourdes el azul
de los cielos, sino inclinados a nuestro pobre suelo, para mirar y penetrar las
necesidades y penas de tus hijos? ¡Oh, ojos
de Madre y de Reina! Ojos de Madre para compadecernos, y ojos de Reina
para ayudarnos; ojos de Madre para mirarnos con ternura inefable; y ojos de
Reina para socorrernos con generosidad indecible. ¡Oh
Madre mía de Guadalupe! Aquí cumples todos los días con nosotros lo que
te piden tus hijos por toda la redondez de la tierra cuando te cantan: «vuelve
a nosotros esos tus ojos misericordiosos». Vueltos los tienes.
Señora, en tu imagen hacia nosotros, siempre mirándonos, amándonos y
compadeciéndonos. Danos, Virgen Santísima, danos de nuevo
ahora tu nombre, para que luchando contra los enemigos conservemos nuestra fe
tan combatida; danos tu real corazón para que levante nuestra esperanza,
haciéndonos confiar en tus larguezas; danos tus ojos dulces, hermosos, puros,
compasivos y tiernos para que ellos nos enciendan, pues son antorchas de amor
santo y divino, en las llamas de la caridad, a fin de que logremos amar
ardientemente a Jesucristo, y después de este destierro, mostrándonoslo tú,
gozarlo por los siglos de los siglos. Amén.
GOZOS GUADALUPANOS
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Cuando
me acuerdo, ¡oh
Madre!
De
tu visita,
Y
que al suelo bajaste
Por
darme vida,
De
gratitud mi pecho
Luego
se colma,
Pues
serme, prometiste,
Madre
amorosa.
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Al
dichoso Juan Diego
Le
tengo envidia,
Pues
como él no te escucho
Madre
querida;
Pero
miro tu imagen;
Y
al contemplarla,
¡Es tan
dulce y tan bella
Que arroba
mi alma!
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Tus
ojos de paloma
A
mí inclinados,
Me
anuncian el remedio
De
mis trabajos:
Pues
misericordiosos
Son
con tus hijos,
Ellos
a Dios, airado,
Me
harán propicio.
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Mil
veces en mis tristes
Y
amargas penas,
En
nadie hallo consuelo;
Tú
me consuelas.
Sólo
el verte me alivia,
Y
vengo a verte,
Y
salgo consolado
Siempre,
sí, ¡siempre!
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
¡No sé qué
hallo en tu imagen
Que me
regala!
Fijo
en ella mis ojos
Y
veo tu cara,
Y
hallo dulcedumbre
Que
guardo dentro,
Y
deseo aún más el verte
Y
a verte vuelvo.
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Juntas
tus lindas manos
Orando
al cielo,
Contigo
a orar me invitan
Con
tierno ruego;
Y
tus plantas, posadas
Sobre
el querube,
Me
guían al cielo, ¡oh
Virgen
De
Guadalupe!
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
El
sol, para vestirte,
Sus
rayos manda.
Y
la luna te sirve
De
humilde peana,
Y
el querubín alado,
Tu
manto coge,
Y
a tus plantas disfruta
De
inmenso goce.
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Las
estrellas que ocupan
El
vasto espacio,
Cual
otro cielo adornan
Tu
regio manto;
Haz
que así tus virtudes
¡Oh dulce
Reina!
Iluminen
de mi alma
Las
tres potencias.
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
Virgen
de Guadalupe,
Reina
y Señora,
Recibe
de mi canto
La
última estrofa;
¡Adiós, mi
amada madre,
Dueña de
mi alma,
Mi corazón
te dejo,
Tenlo a
tus plantas!
Virgen
y Madre mía
De
Guadalupe,
¡Deja que
tus encantos
Mi alma
disfrute!
ORACIÓN
Oh Dios, que, habiéndonos colocado bajo el
patrocinio singular de la beatísima Virgen María, nos has querido colmar de
continuos beneficios, concede a los que humildemente te
suplicamos, que los que hoy nos regocijamos en la tierra con su memoria, algún
día nos gocemos con su presencia allá en los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
En el
nombre del Padre, y del Hijo ✠,
y del Espíritu
Santo. Amén.

