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miércoles, 28 de junio de 2023

NOVENA A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO.

 

Novena dispuesta por un devoto deseoso de sus cultos e impresa por Ruiz de Esparza en Guadalupe (Zacatecas) en 1867, con las debidas licencias. Los Gozos son tradicionales, sin autor ni fecha conocidos.


COMENZAMOS: 22 de junio.

FINALIZAMOS: 30 de junio.

FESTIVIDAD: 1º de julio.


AL DEVOTO LECTOR


Siendo la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según el piadosísimo Guillermo Stanihursto SJ, la más terrible de todas las cosas terribles para los demonios y la más maravillosa de todas las maravillas para los Ángeles, ¿Qué cosa más digna de ocupar ni más capaz de absorber toda la atención de los hombres que la devoción hacia Aquel por cuyo poder fuimos creados; por cuya bondad conservados, por cuya caridad redimidos y por cuya Sangre lavados? ¿Ni qué mejor devoción pudiera ofrecérsete, lector piadoso, que una Novena en honra de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, derramada por la salvación del mundo? Si la sangre de las víctimas cabrías, como dice San Pablo, si las hecatombes de toros y la ceniza de las terneras rojas esparcida por el viento purificaba en otro tiempo a los inmundos según la antigua ley de Moisés, ¿cuánto más la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, hostia inmaculada, limpiará nuestra conciencia de todas las obras muertas para servir al Dios vivo? Y tanto más, cuanto que el Señor, como observa Santo Tomás, al mismo tiempo que ha padecido por todos los hombres, ha tenido presente a cada uno de nosotros en particular. Nos ha aplicado a cada uno todo el fruto de su Sangre, con tanta abundancia y de una manera tan perfecta, como si no hubiera sufrido ni hubiera muerto más que por cada uno en particular; de la misma manera que si cada hombre recibiese él solo los frutos de sus sufrimientos y de su muerte y todos los demás permaneciesen extraños a ellos. Por esto, pues, debemos mirar los padecimiento de Jesucristo como si el Hombre Dios los hubiera sufrido por cada uno de nosotros exclusivamente, a causa de la caridad con que nos ha comprendido a todos, y que le ha hecho sufrir los tormentos y la muerte por cada uno en particular; cada uno, pues, debe atribuírselos a sí mismo, y manifestar por ello su amor y su reconocimiento al Dios reparador, como hacía San Pablo, que se representaba continuamente a Jesucristo dando su vida por él en particular, y exclamaba: «Yo vivo de la fe y en la fe del Hijo de Dios; yo no pienso que Él sufrió y murió por los demás. Yo pienso y considero que éste Dios Salvador me amó a mí mismo, y que se entregó a la muerte por mí: In fide vivo Fílii Dei, qui diléxit me, et trádidit semetípsum pro me» (Vivo por la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí).   (Gálatas 2). Por otra parte; la aspersión de la verdadera agua lustral se estableció para nosotros sobre esta tierra desde que ella quedó empapada con la Sangre del Salvador, y nosotros podemos disponer de la Sangre de la verdadera víctima divina como habla San Pedro. ¡Desgraciados, pues, de nosotros si vemos con indiferencia este inmenso beneficio! La ley que prescribía el rito de la aspersión antigua concluía con estas terribles palabras: «Todo aquel que no fuere purificado por éste rito, será excluido de la comunión del pueblo, perecerá». Estas palabras eran proféticas, y no se cumplen a la letra sino es aplicándolas a la aspersión de la Sangre de Jesucristo; porque nadie se justifica sino el que se lava en esta divina Sangre. El que no se aplica sus méritos, el que no lava sus manchas en esta preciosa Sangre, se ve excluido durante su vida de la comunión y del espíritu de la Iglesia, y después de su muerte será desterrado para siempre de la asamblea de los Santos: «Si quis hoc ritu non fúerit expiátus, períbit ánima illíus de médio Ecclésiæ» (“Si alguno no ha sido expiado por este rito, su alma perecerá de en medio de la Iglesia”) (Números 19). Recurramos, pues, al mérito infinito de la Sangre del Redentor, que corre todavía abundantemente para nosotros, de una manera mística. Apliquémonos sus frutos. Oremos, insistamos para que esta Sangre divina ablande nuestros corazones y los penetre de un dolor profundo, que nos asegure el perdón. Entonces esta preciosa Sangre que hemos profanado con nuestras culpas, pero que obtiene por medio de esta Novena nuestros homenajes y nuestras adoraciones, se derramará sobre nosotros; ella borrará de nuestra alma las obras de muerte, las obras de pecado que la desfiguran, y nos volverá la vida con los adornos preciosos de la gracia santificante. Solo resta decir que esta Novena puede hacerse en todo tiempo; pero será el más a propósito nueve días antes de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo que celebra la Iglesia en el día 1 de Julio: y siendo la principal diligencia para practicarla con provecho y alcanzar el buen despacho en nuestras peticiones limpiar el alma de los pecados por medio de la Confesión y sacratísima Eucaristía, se encarga el uso de estos Sacramentos al menos para los días primero y último de esta Novena.


NOVENA A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO


Puestos de rodillas delante de una imagen de Nuestro Señor Jesucristo, se dice lo siguiente:


Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


   Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, rico en misericordias y piedades, que para darnos la más realzada prueba de tu ardiente caridad e infinito amor hacia nosotros, derramaste todo el inestimable licor de tu Preciosísima Sangre en tanto grado, que después de haber expirado en la Cruz para nuestro remedio, quisiste que aquella cruel lanza te sacase la poca que había quedado en tu ya difunto cuerpo: todo a fin de que conociésemos los hombres el infinito amor con que solicitas nuestra salvación. Pero ¡Oh Jesús mío! ¿Qué es lo que encuentras en los mismos hombres en recompensa de tanto amor? ¿Qué? Ingratitudes, ofensas, pecados y transgresiones de tu suave y santa ley. Esto es verdad, y ojalá y no lo fuera. Ya lo confieso, mi Dios, delante del cielo, y de la tierra. Ingratamente Te he agraviado, Te he ofendido con el continuo quebrantamiento de tus santos Mandamientos; pero si lo que quieres de mí y de todo pecador es que se convierta a ti y viva eternamente, heme aquí arrepentido de lo íntimo de mi corazón. Pésame, mi Jesús, de haberte ofendido. Quisiera morir a la fuerza del dolor de haber pecado. Perdóname, mi Jesús, que yo te doy palabra de ser en lo de adelante (ayudado de tu divina gracia) muy otro de lo que hasta aquí he sido. No se malogre en mí tanta Sangre derramada. En este rico tesoro de tu Sangre Preciosísima pongo toda mi esperanza para alcanzar el perdón de tantas ofensas. Misericordia, Señor, ten misericordia de mí por tu Preciosísima Sangre. Amén.


ORACIÓN AL PADRE ETERNO


   ¡Oh Padre Eterno y Dios de todos los consuelos! Atended benigno y oíd misericordioso los clamores que desde la tierra os envía la derramada Sangre de vuestro unigénito Hijo, vertida toda en beneficio de sus hermanos los hombres, para reconciliarlos con vuestra divina Majestad, y satisfacer por ellos sobreabundantemente la deuda de sus culpas y pecados, que tanto irritan vuestra divina Justicia, y por respeto suyo perdonadnos, misericordiosísimo Padre, y derramad sobre nosotros vuestras paternales bendiciones, concediéndonos eficaces auxilios para detestar las culpas, amaros y serviros en todo el discurso de nuestra vida, y otorgarnos benigno por su Preciosísima Sangre, lo que en esta Novena solicitamos, si es conforme a vuestro divino beneplácito; y si no lo es, conformad nuestra voluntad con la vuestra, para que agradándoos en todo, y en nada ofendiéndoos, os sirvamos fielmente hasta la muerte, y después de ella os gocemos en la Gloria por los siglos de los siglos. Amén.



DÍA PRIMERO - 22 DE JUNIO


MEDITACIÓN: LA CIRCUNCISIÓN DE JESÚS.


   Contempla, alma mía, cómo viendo tu amorosísimo Jesús al mundo tan pobre de celestiales tesoros, deseó con indecibles ansias su socorro, y enriquecerlo con abundancia; y sabiendo muy bien que estos mismos ricos tesoros los tenía dentro de sí, y en sus propias venas, deseaba mucho la hora de comunicarlos; y el excesivo amor que a los hombres tenía, le tenían violento hasta enriquecerlos con ellos, y derramarlos para su bien: porque como el amor es impaciente, no se puede contener ni sabe disimular sus llamas, ni retardar su actividad, y mientras no ve cumplidos sus deseos, un punto de dilación se le hacen mil años; por eso con el amoroso fuego que ardía en su pecho divino hacia sus amados (aunque muy ingratos) los hombres, a los ocho días de su nacimiento, vierte y derrama su Preciosísima Sangre como primicias o señal que les dio de que en su edad crecida, la derramaría con abundancia por su amor. Atiende, alma, la prisa que tu Jesús se da a derramar su Sangre en tan tierna edad, y dile llena de humanidad y agradecimiento: «Señor y Dios mío, ¿para qué tanta prisa? ¿Por qué tan presto derramáis esa vuestra Sangre? ¿Por qué no esperáis a que haya más copia y más vigor en el cuerpo para derramarla?». Y haz cuenta que te dice su amor: «Alma, mi amor no consiente esperas. El fuego del amor no sufre tardanzas: mi caridad aborrece dilaciones. Desde que tuve Sangre en la Encarnación y me uní a la naturaleza humana, estuvo hirviendo en mis venas con las llamas de mi caridad y amor, y está buscando ocasión para salir, y así para desahogar y refrigerar esta llama vierto desde ahora esta poca en testimonio y señal, que toda la he de derramar por tu amor. Aprende a amar, alma mía, y a deshacerte toda en amor de quien tanto te ama».


—Se rezan tres Credos con Gloria Patri.


ORACIÓN PARA EL DÍA PRIMERO


   ¡Oh Jesús Dulcísimo de mi corazón! Que no pudiendo sufrir tu grande amor y encendida caridad para con los hombres más esperas ni dilaciones en manifestarla a los mismos hombres, quisiste derramar tu Preciosísima Sangre tan de antemano, que apenas contabas solos ocho días de nacido cuando comenzaste a verterla en prueba y señal de que la derramarías toda con abundancia, hasta no dejar gota de ella en tu cuerpo en llegando el tiempo decretado por tu Eterno Padre: te damos humildes y repetidas gracias por la excesiva caridad con que nos amas, aun con el claro conocimiento de nuestra torpe ingratitud y vil correspondencia. Lávanos pues, Jesús mío, con tu Preciosísima Sangre, y enciende en nuestros helados corazones la dulce llama de tu amor, para emplear todos los instantes de nuestra vida solo en amarte y servirte con la pronta observancia de tu divina ley, y crucifícanos con tu temor santo, para que, acabando la carrera de nuestra vida en gracia, pasemos a gozar el fruto de tu derramada Sangre a la gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.


—Se reza un Ave María a nuestra Señora y se concluye todos los días con esta oración:


   ¡Oh Purísima Virgen María, dignísima Madre de mi Señor Jesucristo! Dígnate, Señora mía, de ofrecer al Eterno Padre la Preciosísima Sangre que tú ministraste a tu Santísimo Hijo en la Encarnación, para que derramándola toda por redimirnos, nos abriese las puertas del paraíso que el pecado tenia cerradas; y alcánzanos de su Majestad amor a la virtud, y aborrecimiento al pecado, y lo que en esta Novena pedimos si es de su divino beneplácito: y juntamente la exaltación de la santa fe Católica; la destrucción de las herejías, vicios, y pecados mortales; la perpetua paz entre los cristianos Príncipes; la conversión de los pecadores; la libertad de los cautivos; el descanso de las almas santas del Purgatorio: y finalmente la perseverancia en gracia de los Justos, para que aprovechándonos todos de este infinito tesoro de la derramada Sangre de tu Santísimo Hijo, acabemos nuestra mortal vida en su divina gracia, para gozarle en su gloria por todos los siglos de los siglos. Amén. 


La Preciosísima Sangre de Jesús nos favorezca en la vida, y en la muerte. Amén.


GOZOS A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO

 

Pues morís, Padre y Señor,

En una Cruz afrentosa,

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

  

Esposo de sangre hermoso,

Que, en vuestra Circuncisión,

Con ternura y compasión

La derramáis cariñoso:

Y aunque tierno y amoroso

Lloráis por el pecador:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

   

Entre el huerto de las penas,

Entre angustias y agonías,

Dais amante por mil vías

La Sangre de vuestras venas:

Y pues con dulces cadenas

Rendís nuestro desamor:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

     

Ríos de Sangre corrieron

De vuestro Cuerpo sagrado,

Cuando a golpes maltratado

Con tanto azote le hirieron:

Toda una llaga os hicieron,

Siendo el hombre el ofensor:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

    

Vos de espinas coronado

Tanta Sangre derramáis,

Que casi, mi bien, cegáis,

Todo el rostro ensangrentado:

Y pues tierno y lastimado

Pagáis por vuestro deudor:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

      

Al llegar desfallecido

Y sin aliento al Calvario,

Un aleve y temerario

Os arrebata el vestido:

Piel y Sangre, mal herido,

Nos dais en este rigor:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

    

Clavos son nuestros delitos,

Que en una Cruz os fijaron,

Y pies y manos rasgaron

Con dolores exquisitos:

La sangre de Abel da gritos

En favor de su agresor:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

    

Difunta vuestra hermosura,

Un ciego, el más atrevido,

El dulce pecho os ha herido,

Derramando con ternura

Raudales de gran dulzura

La Fuente del Salvador:

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.

  

Pues morís, Padre y Señor,

En una Cruz afrentosa,

Por vuestra Sangre preciosa,

Dadnos Jesús, vuestro amor.


. Nos redimiste, Señor, con tu Sangre.

. Y nos hiciste un reino para tu Padre y Dios nuestro.


ORACIÓN


   Omnipotente y Sempiterno Dios, que por la Preciosa Sangre de tu Hijo quisiste aplacarte y redimirnos, concédenos te suplicamos, recordarte el precio de nuestra Redención, para que merezcamos alcanzar en esta vida el perdón, y la gloria en la eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


En el nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.