Adaptación de la Novena dispuesta por
el padre barnabita Gabriel María Gálvez de Valenzuela, y publicada en Roma por
Antonio de Rossi en 1724. Imprimátur de fray Gregorio Selleri OP, Maestro del
Sagrado Palacio Apostólico. Los Gozos son de origen valenciano, sin autor
conocido.
—COMENZAMOS: 13 de noviembre.
—FINALIZAMOS: 21 de noviembre.
—FESTIVIDAD: 22 de noviembre.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre,
y del Hijo ✠,
y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Ante vuestra divina presencia
reconozco que he pecado muchas veces, y, porque os amo sobre todas las cosas,
me pesa de haberos ofendido. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo no
volver a caer más, confesarme y cumplir la penitencia que el confesor me
imponga. Amén.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS
DÍAS
Misericordioso Dios y Señor bondadosísimo, que mirando con ojos de piedad
nuestras miserias y olvidando nuestras ingratitudes, os dignasteis escoger
entre nosotros como vaso purísimo de elección, en que se contuvieran los más
ricos tesoros de vuestra gracia, a la Bienaventurada Cecilia; para que fuera,
en unión de vuestro Hijo Santísimo, hostia de propiciación por los pecados del
pueblo y canal beneficioso por donde vinieran las aguas de salud a regar el
huerto agostado de nuestra alma; concédenos, Señor, que durante los piadosos
ejercicios de esta Novena grabemos profundamente en nuestra mente y corazón las
acciones santas de nuestra esclarecida y bendita Santa Cecilia, para que,
imitando en esta vida mortal sus heroicas virtudes, logremos ser partícipes de
su gloria en la eterna bienaventuranza. Amén.
DÍA PRIMERO – 13 DE NOVIEMBRE.
CONSIDERACIÓN: Santa Cecilia nace de
padres idólatras. Renace a la gracia de Dios, que conservó hasta la muerte.
Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia
en mí no fue vacía (San Pablo, Epístola a los Corintios 15).
Puesta
en la presencia de Dios, y adorada profundamente a la Augustísima Trinidad,
pedid humildemente perdón de todos los pecados cometidos en pensamiento,
palabra y obra, y llamada en auxilio a Nuestra Inmaculada Señora, la gran
Virgen María, vuestro Ángel Custodio y Santa Cecilia, considerad con pausa.
PRIMER PUNTO. Considerad
cómo esta Santa nació al mundo, cual nace la Rosa de las espinas, de padres
envueltos en las tinieblas de la idolatría: nobles por naturaleza, mas innobles
por la desgracia y esclavitud en que vivían del común enemigo. Gran
fortuna sin embargo la de Cecilia, que nació después a la gracia, a la bella
luz de la Fe, que recibió en las aguas bautismales. Reflexionad
un poco sobre vuestra alma. Si está en gracia, buscad manteneros así; si estáis
privado de ellas (lo que no creo nunca), llorad vuestra miseria y buscad en
seguida cuanto podáis, por medio de la Sacramental Penitencia.
SEGUNDO PUNTO. Considerad
cómo Santa Cecilia fue siempre celosísima conservatriz de aquella gracia, que,
por especial benignidad del Señor, había recibido en el Santo Bautismo. ¿Habéis
conservado la gracia bautismal? o...
¡Oh Dios,
cuánto temo! Conservad al menos la gracia recuperada en el Sacramento
de la Penitencia, sed (os pido por vuestro bien) más celosos, sed un poco más
estimadoras de la gracia de Dios. No la perdáis más, mientras que de
conservarla depende vuestra eterna salvación.
TERCER PUNTO. Considerad
cómo la gran Santa no solo conservó la gracia recibida, sino que siempre la
multiplicó, obrando como verdadera y legítima seguidora de Jesucristo, y para
nunca olvidarse, llevaba en su pecho el libro de los sacrosantos Evangelios. ¿Cómo avanzáis
en la gracia de Dios? ¿Cómo cooperas con ella? ¿Qué cuenta hacéis de la Ley y
Consejos Evangélicos, o de vuestros deberes de estado? ¿Os contentáis tal vez
de una vida tibia y ociosa? Reflexionad
de la gracia, que el talento sepultado y no traficado fue la condenación de
aquel siervo flojo y desconsiderado, y la gracia tenida en ocio, tal vez sea
para vosotros ocasión de perderos.
SOLILOQUIO. Amorosísimo Dios, yo soy aquella miserable creatura, que,
en vez de emplear, casi desde que he comenzado a conoceros, mis movimientos
internos y externos en agradeceros, y de la Gracia regenerante que me fue
conferida en el sacrosanto Bautismo, y de aquella justificante tantas y tantas
veces concedida por vuestra mera misericordia; he estado empleado en vuestra
ofensa. ¡Oh
detestable malicia mía! ¡Oh deplorable ignorancia mía! No hizo así
vuestra fidelísima sierva Santa Cecilia, que comenzó a amaros, serviros y
corresponder a la gracia en edad que los otros quizá todavía no os conocen. ¡Ah!, por las entrañas de
vuestra misericordia, y por los méritos de mi santa Abogada, dadme gracia de
llorar mi error, que demasiado tarde conozco, y de cumplir cuanto os prometo,
esto es, de hacer mejor estima de vuestra gracia en adelante, no perderla sino
conservarla y multiplicarla, actuando para vuestra mayor gloria. Así
sea en nombre de Jesús y de María.
En
este primer día de la Novena, exhortaréis a los devotos de Santa Cecilia a
acercarse a los Santísimos Sacramentos de la Confesión y Comunión con una
particular devoción, si su Padre Espiritual lo considera bien, así como
escuchar todos los días la Santa Misa, y ejercitarse en algún acto de virtud, o
de caridad, o de humildad, tanto interna como externa, buscando observar un
silencio más particular del acostumbrado, refrenando la lengua, y según la ocasión
mortificarse en los cinco sentidos corporales. Así practicaron muchos Santos y
Santas en las Novenas precedentes a las solemnidades del Señor, de Santa María
siempre Virgen y de aquellos Santos y Santas tomados por intercesores y
abogados ante Dios para alguna gracia espiritual o temporal, acordándose
siempre que la gracia principal que debéis pedir es la salvación eterna del
alma.
Después
de haber ofrecido vuestro corazón y todo vuestro ser a Dios, con el pensamiento
de glorificarlo en la Santa que pretendéis obsequiar e imitar, podéis saludar a
esta gloriosa Virgen y Mártir, bendiciéndola en todos sus castos y santos
miembros, imitando al Celestial Esposo de los Sagrados Cánticos, que alaba a su
dilecta Esposa, esto es, el alma fiel, parte por parte, y después concluye ser
toda bella y sin mancha (Cántico 4). Sé que estas palabras son atribuidas por
los sagrados Expositores se atribuyen solo a la Madre de Dios, pero se pueden
adaptar a todas aquellas personas que conservando la gracia Bautismal vivieron
puras y preservadas de toda mancha de pecado, coronadas con doble corona de
virginidad y martirio, como fue la gloriosa Santa Cecilia; bendiciéndola pues
parte por parte de su cuerpo virginal, para cada bendición diréis un
Padre nuestro, un Ave María y un Gloria Patri,
y pediréis a la Santa que obtenga para vosotros de Dios una gracia en este
modo:
—Bendita sea vuestra cabeza, llena de sabiduría y ciencia verdadera de los Santos, enseñada a vuestro esposo Valeriano y al cuñado Tiburcio. Rogad a Dios que se vacíe la mía de toda vanidad y soberbia.
Padre
nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Benditos sean vuestros cabellos, símbolo de vuestros castísimos pensamientos, que fueron los primeros en conciliar el afecto de Valeriano destinado como vuestro esposo. Rogad a Dios para que sean santificados todos mis pensamientos.
Padre nuestro, Ave María y Gloria
Patri.
—Benditos sean vuestros ojos, con los cuales fuisteis la primera en ver el Ángel de Dios puesto a vuestra custodia, no visto por vuestro esposo Valeriano, que aún era idólatra. Rogad a Dios, para que los míos sean custodiados de toda mirada ilícita.
Padre nuestro, Ave María y Gloria
Patri.
—Benditas sean vuestras mejillas, que a la vista de los dos hermanos se cubrieron pronto de rubor virginal. Rogad por mí a Dios, a fin de que sean embellecidas las mías con el bermellón de una verdadera penitencia.
Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Bendita sea vuestra boca, que tan castos y amorosos besos imprimió en el Crucifijo y el libro de los Evangelios. Rogad a Dios que se cierre la mía a todo discurso que pueda ofender a Jesús, vuestro Esposo y mío, y a mi prójimo.
Padre
nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Bendita sea vuestra lengua, que no hizo otra cosa que cantar alabanzas a Dios y enseñar a otros a conocerlo, amarlo y servirlo. Rogad a Dios que quiera purificar la mía, a fin que me guarde de todos aquellos pecados en los cuales por ella pueda incurrir.
Padre
nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Bendito sea vuestro corazón, con el cual tanto amasteis al Señor Dios, y fuisteis causa que los hermanos Tiburcio y Valeriano se encendiesen del mismo amor, recibiendo el Santo Bautismo y murieron Mártires por el mismo amor de Dios y de la Religión Cristiana. Rogad a Dios para que, perfectamente dedicado a su servicio, perfectamente os ame y se vacíe mi corazón de todo afecto terreno y de todo amor propio, y unido con el vuestro, pueda llegar a amarlo eternamente en el Cielo.
Padre
nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Benditos sean vuestros pies y vuestras manos, los primeros, que tantas veces caminaron para oír las exhortaciones del santo pontífice Urbano, escondido en el Sepulcro de los Mártires por la persecución, las segundas, siempre abiertas en distribuir vuestras riquezas a los pobres, en trabajar con ellas en el tiempo que os dejaban las oraciones. Rogad por mí al Señor Dios para que pueda dirigir todos mis pasos al ejercicio de las virtudes cristianas y religiosas para las cuales Dios me ha creado y llamado, y pueda emplearme en aquellas ocupaciones propias de mi estado, para huir de toda ociosidad, origen de muchos males.
Padre nuestro, Ave María y Gloria
Patri.
—Bendita seáis finalmente toda vos, no menos bella que Santa, en el espíritu y en el cuerpo, que os entregasteis en sacrificio a Dios en el baño ardiente y al filo de la espada del tirano de Roma, hecha gracioso espectáculo a Dios, que os daba gracia y fortaleza para afrontar los tormentos, a los Ángeles que se gozaban por la victoria de una semejante a ellos, a los hombres que se admiraban de tanto coraje en una joven delicada y noble. Os suplico que seáis medianera por mí ante el Trono de Dios, para que por vuestros méritos sea también yo santificado en pensamientos, palabras y obras, para ser digno de ser amado por vuestro Esposo Jesús y por nuestra Madre María, y con vos poder gozar la gloria del Cielo.
Padre
nuestro, Ave María y Gloria Patri.
—Una vez dichos estos nueve Padre
nuestros y Avemarías en honor de Santa Cecilia, ofrecedlas a Dios, que tanto se
complació en ella, y este método de oración observaréis cada día en toda la
Novena, y después diréis el himno siguiente.
HIMNO Vírginis
Proles Opiféxque Matris,
¡Oh Hijo de
la Virgen y Creador de tu Madre!
A
ti, a quien ella concibió y dio a luz permaneciendo virgen:
Cantamos
los triunfos que una Virgen reportó
Con su
gloriosa muerte.
Esta
Bienaventurada obtuvo una doble palma:
Se esforzó
en domar en su cuerpo
La
fragilidad de su sexo y venció con su muerte
Al tirano
sanguinario.
No
la amedrentó la muerte
Ni
los tormentos que la acompañan;
Derramando
su sangre,
Mereció
subir al cielo.
Dígnate,
oh Dios de bondad, perdonarnos,
Por
los méritos de esta Santa, las penas
Merecidas
por nuestros pecados, para que te cantemos
Santos
himnos con corazón puro.
Alabanza
sea dada a ti, oh Padre,
Y
a tu Hijo Unigénito juntamente
Con
el Espíritu Consolador,
Por los
siglos de los siglos. Amén.
GOZOS
Pues
himnos de puro amor
El
Cielo os oyó cantar:
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Entre
delicias romanas
Noble
Cecilia creció,
Y
por bajas despreció
Todas
las cosas mundanas;
Con
las virtudes cristianas
Se
ofreció entera al Señor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Del
silicio protegida
Ella
su cuerpo domaba,
Con
la oración conservaba
La
inocencia de su vida,
Y
a Dios cantaba rendida
Himnos
de gloria y loor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Como
virgen recatada
Guardando
el secreto al seno,
Al
ser a un hombre terreno
Por
esposa entregada,
Para
no ser maculada,
Tuvo
un Ángel por tutor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Valerosa
superó
De
Almaquio al atractivo,
Y
con un celo muy vivo
A
Tiburcio convirtió;
A
él y a Valeriano guio
Del
martirio al alto honor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Como
abeja artificiosa,
Al
Señor ibais sirviendo,
Vuestra
corona tejiendo
De
inmortalidad gloriosa,
Y
de Jesús casta esposa
Lograbais
condigno honor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
En
seco baño metida
Para
morir sofocada
Os
puso turba malvada,
Pero
de Dios protegida,
La
llama más encendida
Perdió
su fuerza y ardor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Tres
veces virgen sagrada
El
cuello os hirió el verdugo;
Mas
como al Señor le plugo
Tres
días vos extasiada
Vivisteis,
y a la morada
Subisteis
de eterno honor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Allá
celeste cantora
Entre
dulces armonías
Gozáis,
y miradas pías
Al
mundo dais bienhechora,
Y
del devoto que llora
Calmáis
acerbo dolor,
Enseñadnos a alabar,
Cecilia, a Dios con fervor.
Casta
esposa del Señor,
Que
tanto os dignó premiar,
Rogad
podamos gozar
De
la gloria el resplandor.
Antífona: Esta es la virgen sabia, y una del número de
las prudentes.
℣. Ruega por nosotros, oh bienaventurada
Santa Cecilia.
℞. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
ORACIÓN
Concédenos te suplicamos, Dios omnipotente, que la solemne fiesta de tu
bienaventurada Virgen y Mártir Santa Cecilia, que anticipamos, incremente
nuestra devoción y salvación. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo
vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de
los siglos. Amén.
El divino auxilio permanezca siempre con nosotros. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠,
y del Espíritu Santo. Amén.
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